La red social de cafés

 

La idea del café como bebida estimulante para las redes neuroquímicas del cerebro, puede representar a escala individual la idea del café como lugar de estímulo para las redes de información sociales e intelectuales. Esta interesante vinculación la establece Steven Johnsonen su inspirador libro La invención del aire.

 

Un par de tazas de café mejoran las funciones cognitivas, especialmente las que tienen que ver con la memoria. En el siglo XVII, cuando se extendió el consumo de café, la gente solía beber vino o cerveza, incluso en el desayuno. «Aquéllos que bebían café empezaban el día estimulados y alerta, en lugar de relajados y ligeramente ebrios, y la calidad y cantidad de su trabajo mejoraron. […] Europa occidental comenzó a despertar de un estupor alcohólico que había durado siglos.»{2} La idea de Johnson es que la inteligencia colectiva de la cultura se agudizó como consecuencia del consumo masivo de esta droga inteligente y que un número suficiente de adictos a la cafeína aumentó las probabilidades estadísticas de que se produjera la Era de la Razón.

La historia de las ideas ha estado dominada durante siglos por la idolatría al genio individual y a la linealidad del progreso. A partir de Thomas Kuhn, en los 60, se introdujeron los conceptos de ‘paradigma’ y ‘cambio de paradigma’ dentro de categorías culturales muy amplias.{3}Todavía más totalizadora es la idea de ‘ecosistema aplicada’ al estudio de la cultura y de las ideas: con su visión gran angular y pensamiento en cadena, interconecta a todos los agentes implicados, tanto micro como macro, y forma entre ellos una alianza alineada y sincrónica.

Cafés red

Pero las ideas ocurren también en entornos físicos específicos, con sus propias características. Son los entornos de las redes de información por donde las ideas circulan, inspiran las ideas de otros y retroalimentan un flujo de muchas direcciones. La información no ha circulado de la misma manera en todas las sociedades; durante la Edad Media, por ejemplo, las reservas de información estaban estancadas y aisladas, no así en el Renacimiento con el auge de las ciudades y del comercio. Siglos más tarde, el espacio público de los cafés sirvió de eje central para la libre circulación de las ideas y de la innovación en las principales capitales europeas.{4}

 

Pensemos en los cafés ilustrados de Londres donde se fraguó la Revolución Industrial. En los cafés bohemios de París, caldos de cultivo para la vanguardia. En los cosmopolitas cafés vieneses, en los grandes cafés de Buenos Aires. En todos los cafés como lugar donde el café como bebida era una excusa para un propósito más existencial, más generoso, más excelso: las ideas. Las tertulias de café hacían posible la existencia de valiosísimas redes informales de información, multidisciplinares por naturaleza, a modo de modernos laboratorios de I+D. El carácter democrático de los cafés –más democrático que los salones, por ejemplo- servía de entorno fértil donde las nuevas ideas podían polinizar y germinar.

Célebres cafés

En el siglo XVIII, en el café London, situado en el patio de la catedral de San Pablo, a pocos pasos del templo, coincidían estudiantes de teología, libreros e inventores. El Club de los honestos Liberales, bautizado así por Benjamin Franklin, se reunía allí en jueves alternos «y se enzarzaba en una larga y desordenada sesión que no tiene equivalente en la cultura científica moderna -probablemente lo más parecido sea una juerga nocturna después de un congreso profesional: compartir información esencial y potencialmente lucrativa estimulados por un cóctel químico de cafeína, alcohol y nicotina.»{5} En el London se podía encontrar al científico ‘inventor del aire’ Joseph Priestley, en compañía del miembro de la Royal Society John Canton, del filósofo, moralista y matemático Richard Price y del propio Franklin. Muchos de los avances decisivos que tuvieron lugar en Inglaterra entre 1650 y 1800 se fraguaron en un café.

La londinense Lloyd’s fue primero el café Edgard Lloyd’s, hasta que los comerciantes y los navieros empezaron a reunirse allí y juntos inventaron la moderna compañía de seguros’.{6}

A finales del siglo XIX, en el París de la belle époque, la moda de los salones estaba en decadencia y su lugar lo habían ocupado los cafés. Le Chat Noir era un bistrot muy concurrido del Boulevard Rouchechouart, en Montmartre; sus propietarios animaban a artistas y escritores a reunirse allí y hacer lecturas públicas y la agradable atmósfera llegó a atraer incluso a autores de la Rive Gauche…{7} Fue en Le Chat donde Picasso encontró, por fin, un local equivalente a Els Quatre Gats de Barcelona. Le Chat Noir es una leyenda, como lo son La Cloiserie des Lilas, de Montparnasse, o Les Deux Magots, del Boulevard Saint Germain. Picasso también frecuentaba la terraza de Le Lapin Agile, cafetín minúsculo y lúgubre de la Butt.{8} Los fines de semana «había para todos los gustos, una muestra auténticamente encantadora de la vanguardia parisina: empleados, pequeñoburgueses, mantenidas, amantes y jovencitas presuntuosas en busca de una aventura nocturna,»{9} además, claro está, de los artistas y escritores habituales. Entre los años 1905 y 1910, Le Lapin Agile fue el café favorito de los poetas y artistas de vanguardia. En los debates de café, los pintores y los poetas se influían los unos a los otros. La bande à Picasso, es decir, gente como Guillaume Apollinaire, André Salmon y Max Jacob, debatía cuestiones literarias, políticas, filosóficas, matemáticas, tecnológicas, científicas y sobre cualquier cosa que fuera vital para la vanguardia y que llevara a formas de pensar radicalmente nuevas.{10} En La Cloiserie des Lilas, la vieja generación de poetas y escritores simbolistas se encontraba con la pujante generación de artistas, por ejemplo con Marcel Duchamp y los cubistas Robert Delaunay, Jean Metzinger, Albert Gleizes, Fernand Léger…{11}

Más tarde, Hemingway escribiría: «La Closerie des Lilas era el único buen café que había cerca de casa, cuando vivíamos en el piso encima de la serrería, en el número 113 de la rue Notre-Dame-des-Champs. Y era uno de los mejores cafés de París. En invierno se estaba caliente dentro, y en primavera y otoño se estaba muy bien fuera, cuando ponían mesitas a la sombra de los árboles junto a la estatua del mariscal Ney, y las grandes mesas cuadradas bajo los toldos, en la acera del boulevard. Nos hicimos buenos amigos de los camareros del café. La gente del Dôme y de La Rotonde nunca iban a la Closerie. No hubieran encontrado allí a nadie que les conociera, y nadie les hubiera mirado con la boca abierta cuando entraban. Por entonces, muchos iban a aquellos dos cafés en la esquina del boulevard Montparnasse con el boulevard Raspail para ofrecerse como espectáculo público, y puede decirse que aquellos cafés equivalían a las crónicas de sociedad, como sustitutivos cotidianos de la inmortalidad.»{12}

Cuando Duchamp se instaló en Nueva York, en 1915, encontraría en el barrio del Greenwich Village, un refugio de artistas, radicales y espíritus libres de todo pelaje, «gente que no hacía absolutamente nada.»{13} El hotel Breevort y su café del primer piso, justo en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 8, funcionaba como una avanzadilla de Francia. En una cena que organizó Duchamp en otoño para recibir a su amigo Albert Gleizes, coincidieron los Arensberg, coleccionistas de arte, Alfred Stietglitz, Joseph Stella, Man Ray, Louise Norton, Max Weber y demás.{14} Los cafés no sólo eran una academia intelectual y una universidad vital, también funcionaban como red social donde establecer alianzas comerciales y económicas.

 La red social de cafés 2

Stefan Zweig rememora los cafés de Viena como ‘el lugar donde mejor se informaba uno de todas las novedades’.{15} Abiertos a cualquiera que quisiera tomarse una taza de café a buen precio, se podía permanecer sentado durante horas, charlando, escribiendo, jugando a cartas; incluso se podía recibir allí el correo{16} —en la película argentina Nueve reinas, cuyo argumento transcurre en Buenos Aires, el protagonista tiene su oficina en la mesa de un café…{17}

Un café vienés de categoría, a finales del siglo XIX, ponía a disposición del público todos los periódicos de Viena y del Imperio Alemán, además de los franceses, ingleses, italianos y americanos, así como todas las revistas literarias y artísticas del mundo. Sabíamos de primera mano todo lo que ocurría en el mundo, nos enterábamos de todos los libros que aparecían, de todos los espectáculos y comparábamos las críticas de todos los diarios; a lo mejor nada ha contribuido tanto a la desenvoltura intelectual y la orientación cosmopolita de Austria como el hecho de que en el café se podía informar uno de todos los acontecimientos del mundo al tiempo que comentarlos con su círculo de amigos.{18}

En Berlín, el joven Stefan Zweig frecuentó un cenáculo bautizado como Die Kommenden,{19}que se reunía una vez por semana en el primer piso de un café de la plaza Nollendorf. Copiado precisamente de La Cloiserie des Lilas de París, allí se concentraba una auténtica universidad de la existencia: «poetas y arquitectos, esnobs y periodistas, muchachas ataviadas de escultoras o artesanas, estudiantes rusos y escandinavas rubias, casi albinas, que querían perfeccionar su alemán; westfalianos fornidos, bávaros bonachones, judíos silesianos, todos se enfrascaban en acalorados debates, con total soltura. De vez en cuando se leían poemas y dramas, pero el objetivo principal era conocernos unos a otros. […] de pronto me encontré viviendo en un círculo en que había auténticos pobres, vestidos con ropas remendadas y zapatos agujereados, […] Me sentaba a la misma mesa que bebedores empedernidos, homosexuales y morfinómanos.»{20}

Gran café Internet

El mundo acelerado, abstracto y virtual que nos hemos inventado ahora, consume drogas más duras que el café y se sienta en cafés más solitarios. Desde luego, nuestra época no se escribe desde Starbucks ni desde un Hard Rock. Nuestro gran café central contemporáneo es Internet, en definitiva un aumento del entorno de la mente humana , por donde circulan ideas e información. Una memoria externa y estimulante, de nuevo en el centro del debate entre la posesión de las ideas y el flujo libre de información.{21} Una poderosa red social e intelectual, un artilugio de ciencia ficción para cualquiera que frecuentara un café de entonces. Un mundo de identidades multiplicadas y caleidoscópicas, de ficciones y avatares. Una función cognitiva aumentada que intrinca nuestras redes neuroquímicas hasta la paradoja adictiva del puro LSD virtual.{22}

Juan Albéniz de Prada es arquitecto.

Detalle del cuadro de Santiago Rusiñol, ‘Café de Montmatre’ y foto de archivo del Café Sperl de Viena
Notas:
  • 1. La invención del aire. Un descubrimiento, un genio y su tiempo, de Steven Johnson. Madrid: Turner, 2010
  • 2. La historia del mundo en 6 tragos, de Tom Standage. Madrid: Debate, 2006
  • 3. The structure of scientific revolutions, de Thomas Kuhn. Chicago: Chicago University Press, 1962
  • 4. La invención del aire. Un descubrimiento, un genio y su tiempo, de Steven Johnson. Madrid: Turner, 2010
  • 5. Ibídem.
  • 6. Ibídem,
  • 7. Einstein, Picasso. Space, Time and the Beauty that causes Havoc, de Arthur I.Miller, 2001.
  • 8. Ibídem.
  • 9. Ibídem.
  • 10. Ibídem.
  • 11. Duchamp. A biography, de Calvin Tomkins. Holt Paperbacks, 1998
  • 12. París era una fiesta, de Ernst hemingway. Seix Barral. Barcelona, 1998. Escrito en los años 50 a partir de los apuntes personales del escritor cuando vivía en París en los años 20.
  • 13.Duchamp. A biography, de Calvin Tomkins. Holt Paperbacks, 1998
  • 14. Ibídem.
  • 15. El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig. Escrito en 1944
  • 16. Ibídem.
  • 17. Nueve Reinas, de Fabián Bielinsky. Patagonik Film Group. Argentina, 2000
  • 18. El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig. Escrito en 1944
  • 19. Ibídem. Se traduce como ‘Los venideros’
  • 20. Ibídem.
  • 21. Movimiento hacker e influyente movimiento Open Source.
  • 22. ‘We owe it all to hippies’, artículo de Stewart Brand en la revista Time, vol. 145, Spring 1995 y  el libro ‘What the doormouse said, how the 60’s counterculture shaped the personal computer industry’ de John Markoff. Penguin Books, 2006. Ambos sugieren que la contracultura libertaria de los 60, incluido el consumo de LSD y otras drogas psicodélicas, tiene mucho que ver con el desarrollo de la época tecnológica en la que nos encontramos, ya que Silicon Valley se encuentra precisamente en el epicentro de la cultura hippie. El propio Steve Jobs no ha desmentido que consumir LSD ha sido una de los dos o tres cosas más importantes que ha hecho en la vida (citado en la película Piratas de Silicon Valley, de Martyn Burke. Haft Entertainment, 1999)

http://www.tintank.es/?p=488

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