Desarrollo a escala humana: una opción para el futuro.Segunda Parte. Desarrollo y necesidades humanas,

Viene de la Primera Parte

II. Reflexiones para una nueva perspectiva. La bibliografía sobre las necesidades humanas a las que pueden recurrir los interesados es vasta y, en muchos casos, contiene aportes contundentes. La temática ha trascendido los ámbitos de la filosofía y la psicología para convertirse en centro de atención de las disciplinas políticas, económicas y sociales en general.

 

Los organismos internacionales, preocupados por la promoción del desarrollo, han hecho suyo en los últimos años el criterio de que este debe orientarse preferentemente hacia la satisfacción de las llamadas necesidades básicas. Más aún, el informe de Dag Hammarskjöld (1975) Qué hacer: Otro desarrollo, colocaba tal propósito como uno de los pilares fundamentales del nuevo tipo de desarrollo que debía desencadenarse urgentemente a fin de superar la desoladora miseria que sufría la mayoría de los habitantes del Tercer Mundo.

Hoy es aceptado casi como un lugar común que el desarrollo y las necesidades humanas son componentes de una ecuación irreductible. Sin embargo, en esta línea de reflexión queda aún mucho por aportar.

En primer lugar, está el hecho de que el nuevo enfoque no puede reducirse a mero arreglo cosmético de un paradigma en crisis. Implica, desde la partida, la apertura hacia una nueva manera de contextualizar el desarrollo. Ello significa modificar sustancialmente las visiones dominantes sobre las estrategias de desarrollo, en el sentido de entender, por ejemplo, que ningún Nuevo Orden Económico Internacional podrá ser significativo si no está sustentado en la reformulación estructural de una densa red de Nuevos Ordenes Económicos Locales.

Significa, además, reconocer la incompletitud e insuficiencia de las teorías económicas y sociales que han servido de sustento y orientación a los procesos de desarrollo hasta el presente. Significa tomar conciencia, concretamente, de que en un mundo cada vez más heterogéneo por su creciente e inevitable interdependencia, la aplicación de modelos de desarrollo sustentados en teorías mecanicistas acompañados de indicadores agregados y homogeneizantes, representa una ruta segura hacia nuevas y más inquietantes frustraciones.

Un Desarrollo a Escala Humana, orientado en gran medida hacia la satisfacción de las necesidades humanas, exige un nuevo modo de interpretar la realidad. Nos obliga a ver y a evaluar el mundo, las personas y sus procesos de una manera distinta a la convencional. Del mismo modo, una teoría de las necesidades humanas para el desarrollo debe entenderse justamente en esos términos: como una teoría para el desarrollo [3].

Tal como una piedra tiene atributos distintos para un geólogo que para un arquitecto, las necesidades humanas adquieren visos distintos en el ámbito de la psicología clínica a en el ámbito del desarrollo. Esto no implica, empero, sugerir la construcción de nuevos reduccionismos. Los ámbitos y los atributos están imbricados en ambos casos. De lo que se trata es de una cuestión de forma y de énfasis, es decir, de enfoque.

El desafío consiste en que los políticos, los planificadores, los promotores y, sobre todo, los actores del desarrollo sean capaces de manejar el enfoque de las necesidades humanas para orientar sus acciones y aspiraciones.

La necesaria transdiciplinariedad

Los aportes que siguen apuntan a ese propósito. Es decir, hacer entendible y operativa una teoría de las necesidades humanas para el desarrollo. El esfuerzo no puede sustentarse, sin embargo, en ninguna disciplina particular porque la nueva realidad y los nuevos desafíos obligan ineludiblemente a una transdisciplinariedad.

La evidencia central es que las nuevas calamidades sociales se nos revelan, cada día más, ya no como problemas específicos, sino como problemáticas complejas que no pueden seguir atacándose satisfactoriamente mediante la aplicación exclusiva de políticas convencionales inspiradas por disciplinas reduccionistas.

Tal como la enfermedad de una persona puede traducirse en un problema médico, y esa misma enfermedad transformada en epidemia trasciende el campo estrictamente médico, del mismo modo nuestro desafío actual no consiste tanto en enfrentar problemas, como enfrentar la tremenda magnitud de los problemas.

Es la cuestión de la presente magnitud y complejidad la que determina la transformación de problemas con claros contornos disciplinarios en problemáticas generadoras de difusos entornos transdisciplinarios.

Exclamaba el Marqués de Sade, en medio del terror de la Revolución Francesa: «Ya no existe ninguna hermosa muerte individual». De manera análoga podemos exclamar nosotros, en medio de una realidad actual que nos agobia: «Ya no nos queda ningún hermoso problema particular».

Solo un enfoque transdisciplinario nos permite comprender, por ejemplo, de qué manera la política, la economía y la salud han convergido hacia una encrucijada. Descubrimos así casos cada vez más numerosos donde la mala salud es el resultado de la mala política y de la mala economía.

Si las políticas económicas diseñadas por economistas afectan totalmente —como, de hecho, lo hacen— a la totalidad de una sociedad, los economistas ya no pueden pretender que su única preocupación sean los problemas económicos. Tal pretensión sería poco ética, puesto que implicaría asumir la responsabilidad por la acción, pero no por las consecuencias de la acción.

Nos enfrentamos a situaciones desconcertantes, donde cada vez entendemos menos. De ahí que las cosas estén realmente mal, y se volverán peores, a menos que dediquemos mucha más energía e imaginación al diseño de transdisciplinas coherentes y significativas. Vivimos una época de transición trascendental, lo cual significa que los cambios de paradigma no sólo son necesarios, sino imprescindibles.

 

El desarrollo se refiere a las personas y no a los objetos. Este es el postulado básico del Desarrollo a Escala Humana.

Aceptar este postulado —ya sea por opciones éticas, racionales o intuitivas— nos conduce a formularnos la siguiente pregunta fundamental: «¿Cómo puede establecerse que un determinado proceso de desarrollo es mejor que otro?» Dentro del paradigma tradicional, se tienen indicadores tales como el Geográfico Bruto (PGB)[4], el cual es, de alguna manera y caricaturizándolo un poco, un indicador del crecimiento cuantitativo de los objetos. Necesitamos ahora un indicador del crecimiento cualitativo de las personas, «¿Cuál podría ser?».

Contestamos la pregunta en los siguientes términos: «El mejor proceso de desarrollo será aquel que permita elevar más la calidad de vida de las personas». La pregunta siguiente se desprende de inmediato: «¿Qué determina la calidad de vida de las personas?»

«La calidad de vida dependerá de las posibilidades que tengan las personas de satisfacer adecuadamente sus necesidades humanas fundamentales». Surge la tercera pregunta: «¿Cuáles son esas necesidades fundamentales? y/o ¿quién decide cuáles son?». Antes de responder a esta pregunta, deben hacerse algunas disquisiciones.

Necesidades y satisfactores

Se ha creído, tradicionalmente, que las necesidades humanas tienden a ser infinitas, que están constantemente cambiando, que varían de una cultura a otra y que son diferentes en cada período histórico. Nos parece que tales suposiciones son incorrectas, puesto que son producto de un error conceptual.

El típico error que se comete en la literatura y en el análisis acerca de las necesidades humanas es que no se explica la diferencia fundamental entre lo que son propiamente necesidades y lo que son satisfactores de esas necesidades. Es indispensable hacer una distinción entre ambos conceptos —como se demostrará más adelante— por motivos tanto epistemológicos como metodológicos.

La persona es un ser de necesidades múltiples e interdependientes. Por ello, las necesidades humanas deben entenderse como un sistema en las que las mismas se interrelacionan e interactúan. Simultaneidades, complementariedades y compensaciones (trade offs) son características de la dinámica del proceso de satisfacción de las necesidades.

Las necesidades humanas pueden desagregarse conforme a múltiples criterios y las ciencias humanas ofrecen en este sentido una vasta y variada literatura. En este documento se combinan dos criterios posibles de desagregación: según categorías existenciales y según categorías axiológicas. Esta combinación permite operar con una clasificación que incluye, por una parte, las necesidades de ser, tener, hacer y estar; y por la otra, las necesidades de subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. Ambas categorías de necesidades pueden combinarse con la ayuda de una matriz (Ver cuadro 1).

De la clasificación propuesta se desprende que, por ejemplo, la alimentación y el abrigo no deben considerarse como necesidades, sino como satisfactores de la necesidad fundamental de subsistencia. Del mismo modo, la educación (ya sea formal o informal), el estudio, la investigación, la estimulación precoz y la meditación son satisfactores de la necesidad de entendimiento. Los sistemas curativos, la prevención y los esquemas de salud, en general, son satisfactores de la necesidad de protección.

No existe correspondencia biunívoca entre necesidades y satisfactores. Un satisfactor puede contribuir simultáneamente a la satisfacción de diversas necesidades o, a la inversa, una necesidad puede requerir de diversos satisfactores para ser satisfecha. Ni siquiera estas relaciones son fijas. Pueden variar según el tiempo, el lugar y las circunstancias.

Valga un ejemplo como ilustración. Cuando una madre le da el pecho a su bebé, a través de ese acto, contribuye a que la criatura reciba satisfacción simultánea para sus necesidades de subsistencia, protección, afecto e identidad. La situación es obviamente distinta si el bebé es alimentado de manera más mecánica.

Habiendo diferenciado los conceptos de necesidad y de satisfactor, es posible formular dos postulados adicionales. Primero: Las necesidades humanas fundamentales son finitas, pocas y clasificables. Segundo: Las necesidades humanas fundamentales (como las contenidas en el sistema propuesto) son las mismas en todas las culturas y en todos los períodos históricos. Lo que cambia, a través del tiempo y las culturas, es la manera o los medios utilizados para la satisfacción de las necesidades (Ver capítulo III, Necesidades humanas: tiempo y ritmos).

Cada sistema económico, social y político adopta diferentes estilos para la satisfacción de las mismas necesidades humanas fundamentales. En cada sistema, estas se satisfacen (o no se satisfacen) a través de la generación (o no generación) de diferentes tipos de satisfactores.

Uno de los aspectos que define una cultura es su elección de satisfactores. Las necesidades humanas fundamentales de un individuo que pertenece a una sociedad consumista son las mismas que las de aquel que pertenece a una sociedad ascética. Lo que cambia es la elección de la cantidad y la calidad de satisfactores y/o las posibilidades de tener acceso a los satisfactores requeridos.

Lo que está culturalmente determinado no son las necesidades humanas fundamentales, sino los satisfactores de esas necesidades. El cambio cultural es —entre otras cosas— consecuencia de abandonar satisfactores tradicionales para reemplazarlos por otros nuevos y diferentes.

Cabe señalar que cada necesidad puede satisfacerse a niveles diferentes y con distintas intensidades. Más aún, se satisfacen en tres contextos: a) en relación con uno mismo (Eigenwelt), b) en relación con el grupo social (Mitwelt) y c) en relación con el medio ambiente (Umwelt). La calidad e intensidad tanto de los niveles como de los contextos dependerá del tiempo, el lugar y las circunstancias.

La pobreza y las pobrezas

El sistema propuesto permite la reinterpretación del concepto de pobreza. El concepto tradicional es limitado y restringido, puesto que se refiere exclusivamente a la situación de aquellas personas que pueden clasificarse por debajo de un determinado umbral de ingreso. La noción es estrictamente economicista.

Sugerimos no hablar de pobreza, sino de pobrezas. De hecho, cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela una pobreza humana. La pobreza de subsistencia (debido a alimentación y abrigo insuficientes), de protección (debido a sistemas de salud insuficientes, a la violencia, la carrera armamentista, etc.), de afecto (debido al autoritarismo, a la opresión, a las relaciones de explotación con el medio ambiente natural, etc.), de entendimiento (debido a la deficiente calidad de la educación), de participación (debido a la marginación y a la discriminación de las mujeres, los niños y las minorías), de identidad (debido a la imposición de valores extraños a culturas locales y regionales, emigración forzada, exilio político, etc.) y así sucesivamente.

Pero las pobrezas no son sólo pobrezas. Son mucho más que eso. Cada pobreza genera patologías, toda vez que rebasa límites críticos de intensidad y de duración. Esta es una observación medular que conviene ilustrar.

 

La gran mayoría de los analistas económicos estarían de acuerdo en que el crecimiento generalizado del desempleo, por una parte, y la magnitud del endeudamiento externo del Tercer Mundo, por otra, constituyen dos de los problemas económicos más importantes del mundo actual. Para el caso de algunos países de América Latina habría que agregar el de la hiperinflación.

Desempleo

A pesar de que el desempleo es un problema que, en mayor o menor grado, siempre ha existido en el mundo industrial, todo parece indicar que nos estamos enfrentando a un nuevo tipo de desempleo, que tiende a permanecer y que, por lo tanto, se está transformando en un componente estructural del sistema económico mundial.

Es sabido que un individuo que sufre de una prolongada cesantía cae en una especie de ‘montaña rusa’ emocional, la cual comprende, por lo menos, cuatro etapas: a) shock, b) optimismo, c) pesimismo, d) fatalismo. La última etapa representa la transición de la inactividad a la frustración y de allí a un estado final de apatía donde la persona alcanza su más bajo nivel de autoestima.

Es bastante evidente que la cesantía prolongada perturbará totalmente el sistema de necesidades fundamentales de las personas. Debido a los problemas de subsistencia, la persona se sentirá cada vez menos protegida; las crisis familiares y los sentimientos de culpa pueden destruir las relaciones afectivas; la falta de participación dará cabida a sentimientos de aislamiento y marginación y la disminución de la autoestima podrá fácilmente provocar crisis de identidad.

La cesantía prolongada produce patologías. Sin embargo, esto no constituye la peor parte del problema. Dadas las actuales circunstancias de crisis generalizadas, es decir, dada la magnitud del problema, no podemos seguir pensando en patologías individuales. Debemos necesariamente reconocer la existencia de patologías colectivas de la frustración, para las cuales los tratamientos aplicados han resultado hasta ahora ineficaces.

Aún cuando son procesos económicos los que generan el desempleo, una vez que éste rebasa magnitudes críticas, tanto en cantidad como en duración, no hay tratamiento económico alguno que sea capaz de resolver la problemática en que el problema original se ha trasformado. Como problemática pertenece a una transdisciplina que aún no se ha comprendido ni organizado. Esto último, en términos de un programa para el futuro, representa el primer desafío. En lo que se refiere a tendencias, estas patologías colectivas aumentarán.

Deuda externa

La deuda externa del Tercer Mundo también será responsable de otro tipo de patologías colectivas. Con el fin de mantener al sistema bancario internacional robusto y sano, una gran cantidad de países y sus poblaciones tendrán que someterse a costa de quedar debilitados y enfermos.

El presidente del Partido Conservador Británico, John Gummer, señaló a comienzos de 1985: «Estados Unidos importa los ahorros del resto del mundo y exporta la inflación. Esto constituye un grave problema». Ahora bien, debido a un dólar americano sobrevaluado y a tasas de interés exorbitantes, las naciones deudoras deberán pasar por todas las penurias para poder maximizar sus ingresos por concepto de exportaciones. Este hecho, inevitablemente, se realizará a costa de la depredación irreversible de muchos recursos, del aumento de hambrunas y de un creciente empobrecimiento, no coyuntural, sino estructural. Determinar cuáles serán las terribles patologías colectivas que irán surgiendo en los países pobres, como consecuencia de esta aberrante situación, es el segundo desafío.[5]

Hiperinflación

La experiencia latinoamericana demuestra que la hiperinflación también trasciende la esfera económica y condiciona el conjunto de la vida social. Durante los últimos años, países como Brasil, Argentina, Bolivia y Perú han sido psicológicamente devastados por una moneda en la que los usuarios confían cada vez menos. Más allá de las consecuencias económicas de devaluaciones diarias (especulación financiera, disminución crónica de inversiones productivas, deterioro sistemático de salarios reales), la inflación sostenida a tasas anuales de tres y hasta cuatro dígitos erosiona la confianza de un pueblo, crea falsas expectativas de juego que frustra violentamente y despierta una profunda incertidumbre respecto del futuro. El temor por la ‘salud’ de la moneda irradia sentimientos colectivos de creciente pesimismo respecto del país, del Estado y del futuro de cada persona. El agudo deterioro de la confianza conlleva inseguridad y escepticismo generalizados, fenómenos difíciles de revertir y con los cuales es aún más difícil construir alternativas capaces de superar esa misma crisis inflacionaria.

La problemática de la hiperinflación no sólo tiene componentes económicos, sino psicológicos y sociales además. El nuevo concepto de inflación inercial reconoce precisamente que, en parte, la inflación es consecuencia de la propia inflación. Es decir, que las expectativas inflacionarias determinan que el comportamiento de las personas sea tal, que acaba imprimiendo aún más aceleración a la espiral inflacionaria, lo que es un ejemplo claro de profecía autocumplida. De ahí que la única manera eficaz de atacar esta problemática sea a través de una coherente estrategia transdisciplinaria.

En virtud de lo expuesto, no es de extrañar la gran acogida popular que han tenido hasta la fecha los enérgicos planes anti-inflacionarios recientemente impulsados por Argentina y Brasil, ambos con claros contenidos de impacto psicológico. El llamado Plan Austral en Argentina ha exigido de la sociedad civil mayores sacrificios y privaciones de los que ya había acumulado, y, paradojalmente, le ha significado al gobierno un aumento del respaldo ciudadano. El caso de Brasil ha contado con análogos resultados. La acogida, en ambos paises, de un remedio tan drástico, refleja cuan grave es la enfermedad, tal como la perciben sus propias víctimas.

Hemos aportado solo tres ejemplos. Sin embargo, son muchos más los procesos económicos que, concebidos y diseñados en forma tecnocrática y con visión reduccionista, generan patologías colectivas. Los economistas, especialmente los ubicados en posiciones de influencia, deberían hacer su propio esfuerzo de honesta autocrítica para descubrirlos y reconocerlos. Ello implica, por cierto, asumir como principio algo que pareciera olvidarse con demasiada frecuencia: que la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía.

 

Las persecuciones, producto de intolerancias políticas, religiosas y de otros tipos, son tan antiguas como la humanidad. Sin embargo, nuestro ‘logro’ más novedoso es la tendencia de los principales liderazgos políticos actuales a orientar sus acciones a generalizaciones tan increíblemente esquizofrénicas acerca del ‘enemigo’ que nos están conduciendo directamente hacia el omnicidio; es decir, hacia la posible matanza de todos nosotros.

El miedo

Dicha esquizofrenia política no se encuentra sólo a nivel de confrontaciones globales entre grandes poderes: también se dan casos similares en muchos niveles nacionales. Todos son responsables de la generación de diversas patologías colectivas del miedo.

Sugerimos aquí, en calidad de ejemplo, cuatro tipos de patologías colectivas del miedo, de acuerdo a su origen: a) por confusión semántica originada en manipulaciones ideológicas; b) por violencia; c) por aislamiento, exilio y marginación; y d) por frustración de proyectos de vida. Seguramente hay otros, pero estos parecen suficientes a modo de ejemplo.

Los eufemismos

Los discursos del poder están llenos de eufemismos. Las palabras ya no se ajustan a los hechos. A lo que deberíamos llamar ‘aniquiladores’ lo llamamos armas nucleares, como si se tratara simplemente de versiones más poderosas de las armas convencionales. Llamamos ‘mundo libre’ a un mundo lleno de ejemplos de las más obscenas inequidades y violaciones de los Derechos Humanos. En nombre del pueblo se instituyen sistemas donde el pueblo simplemente debe acatar, de manera obediente , los dictámenes de un Estado todopoderoso. Marchas pacifistas de protesta son severamente castigadas y los que en ellas participan son detenidos y condenados por ‘atentar contra el orden público y subvertirlo’. Sin embargo, y al mismo tiempo, las variadas formas de terrorismo de Estado se aplican en nombre de las leyes y el orden. Podrían llenarse muchas páginas con ejemplos. El caso es que las personas dejan de comprender y, por lo tanto, se transforman en cínicas, o bien en masas perplejas, alienadas e impotentes frente a la realidad.

Violencia, marginación y exilio

La violencia perturba directamente la necesidad de protección y, de este modo, da paso a una profunda ansiedad. Por otra parte, el aislamiento, la marginación y el exilio político destruyen la identidad de las personas y causan rupturas familiares con destrucción de afectos y generan sentimientos de culpa, a menudo acompañados de fantasías o intentos reales de autoaniquilación. Además, la frustración de los proyectos de vida debida a una intolerancia política aniquiladora de la libertad destruye la capacidad creativa de las personas, lo cual conduce lentamente, a partir de un profundo resentimiento, a la apatía y la pérdida de la autoestima.

Nuestro tercer desafío consiste en reconocer y evaluar las patologías colectivas que los diversos sistemas sociopolíticos son capaces de provocar —cada uno a su manera y con su propia intensidad— como resultado del bloqueo sistemático de necesidades tales como entendimiento, protección, identidad, afecto, creatividad y libertad.

 

Lo que se ha sugerido en esta reflexión es que:

  1. cualquier necesidad humana fundamental no satisfecha de manera adecuada produce una patología;

  2. hasta el momento, se han desarrollado tratamientos para combatir patologías colectivas individuales o de pequeños grupos;

  3. hoy en día, nos vemos enfrentados a una cantidad de patologías colectivas que aumenta de manera alarmante, para las cuales los tratamientos aplicados han resultado ineficaces;

  4. para una mejor compresión de estas patologías colectivas es preciso establecer las necesarias transdisciplinariedades.

La posibilidad de desarrollar diálogos fecundos entre disciplinas pertinentes para la adecuada interpretación de problemáticas como las mencionadas constituye el cuarto desafío.

Nuevas patologías colectivas se originarán a corto y largo plazo si continuamos con enfoques tradicionales y ortodoxos. No tiene sentido sanar a un individuo para luego devolverlo a un ambiente enfermo.

Cada disciplina, en la medida en que se ha hecho más reduccionista y tecnocrática, ha creado su propio ámbito de deshumanización. Volver a humanizarnos desde dentro de cada disciplina es el gran desafío final. En otras palabras, sólo la voluntad de apertura intelectual puede ser el cimiento fecundo para cualquier diálogo o esfuerzo transdisciplinario que tenga sentido y que apunte a la solución de las problemáticas reales que afectan a nuestro mundo actual.

La humanización y la transdisciplinariedad responsables son nuestra respuesta a las problemáticas y son, quizás, nuestra única defensa. Si no asumimos el desafío, nadie será inocente. Todos seremos cómplices de generar sociedades enfermas. Y no hay que olvidar aquello que América Latina ha aprendido a costa de mucho dolor: que si «en el país de los ciegos el tuerto es el rey», en «las sociedades enfermas son los necrófilos los que detentan el poder».

Sugerencias

Una línea de investigación fecunda en relación a las tendencias animadas por las estructuras existentes es el estudio de problemáticas a fin de estimular enfoques y perspectivas transdisciplinarias. La creciente complejidad de nuestras sociedades requiere de aproximaciones más amplias que las meramente disciplinarias. De ello derivan exigencias metodológicas y epistemológicas que será necesario identificar y responder.

Por último, es imprescindible iniciar el reconocimiento de la magnitud y las características de las patologías colectivas propias de la actual crisis y diferenciarlas conforme a cómo se expresan en los distintos órdenes socioeconómicos y políticos que enfrentan dicha crisis. Deberá también trabajarse en el diseño de indicadores capaces de expresar la evolución y profundidad de patologías colectivas que surgen de fenómenos tales como el desempleo, la hiperinflación, la marginalidad en sus distintas manifestaciones y la represión. Será necesario asimismo introducir en los ámbitos académicos y políticos una reflexión más sistemática sobre las patologías colectivas, en el entendimiento de que desbordan los límites de las disciplinas individuales.

 


Notas


[3]: Utilizamos aquí la noción de teoría como un proceso deductivo a partir de ciertos postulados.
[4]: Nótese que en Chile se usan como sinónimos los indicadores PGB(Producto Geográfico Bruto) y PIB(Producto Interior Bruto), haciendo referencia el autor en este caso a lo que fuera de Chile se denominaría PIB, N. de E.
[5]: Aún cuando el valor relativo del dólar y las tasas de interés evolucionen favorablemente para los países deudores, como ha estado ocurriendo durante 1986, la carga total seguirá siendo tan grande que las observaciones que hacemos no quedan invalidadas.

http://habitat.aq.upm.es/deh/adeh_5.html