Autonomía y control en la era de la post-privacidad

 

Una forma de definir la modernidad occidental, el periodo que estamos justo dejando, es por su particular estructura de control y autonomía. Ésta emergió como resultado de dos desarrollos históricos –uno que llevó a que burocracias grandes y jerarquizadas se establecieran como forma dominante de organización, otro que llevó a que el ciudadano (burgués, masculino) se convirtiera en el principal sujeto político.

 

La privacidad jugó un papel clave en el mantenimiento del equilibrio entre ambos. Hoy en día, este acuerdo se está diluyendo. En el proceso, la privacidad pierde (algo de) sus funciones sociales. La post-privacidad, entonces, apunta a la transformación de cómo la gente crea su autonomía y de cómo el control impregna sus vidas.

Burocracias y ciudadanos

El primero de estos desarrollos fue la expansión de las instituciones a gran escala, primero como burocracias estatales y, desde finales del siglo XIX, como corporaciones comerciales.1 Sus intentos de organización de los procesos sociales a una escala previamente inimaginable –en términos espaciales y temporales y de complejidad— requirió cantidades enormes de información sobre el mundo y, más importante, sobre los sujetos de su dominio. En 1668, el Marqués de Vauban le propuso a Luis XIV un censo anual de toda la población para que el Rey fuese capaz de revisar, desde su propia oficina y en sólo una hora, la condición presente y pasada de un gran reino del cual él era la cabeza, y de saber por sí mismo con certeza en qué consiste su grandeur, su riqueza y sus puntos fuertes.2 En aquel momento, tal esfuerzo no podía ser llevado a cabo por razones prácticas, pero la visión engendró toda una gama de nuevos enfoques teóricos para interpretar el mundo de esa manera. En 1749, el político científico alemán Gottfried Achenwall (1719-1772) los unió bajo el término ‘estadística’, definida como la ‘ciencia que negocia con datos sobre la condición de un estado o comunidad’. Sin embargo, manejar tales datos se hizo más difícil que nunca al intensificarse el volumen de recogida. A finales del siglo XIX, el censo de los EEUU, llevado a cabo una vez cada década, alcanzó un momento crítico cuando el procesamiento de datos recogidos no pudo terminarse antes de que comenzara el siguiente censo. El historiador James Beniger situó esta ‘crisis de control’ como comienzo de la revolución informática y de la era de la información que hizo posible.3 Sin la recolección sistemática de información estandarizada y su procesamiento como conocimiento para la acción, ninguna de las funciones del estado moderno, o de la economía moderna, podrían haberse desarrollado, empezando por la tributación centralizada, los ejércitos permanentes, las provisiones de bienestar social, o el comercio internacional y la producción de mercancías complejas y servicios. Así, la modernidad y, particularmente, la alta modernidad, se caracterizó por una expansion del control de las grandes burocracias basadas en cantidades masivas de información, conceptualizando a la gente como cúmulos de datos para ser manipulados por su propio bien o por el bien de los demás. Pero mientras la vida transcurrió en un entorno analógico, la recopilación completa de datos permaneció como un asunto que requería mucha mano de obra, por lo que sólo la burocracias enormes eran capaces de llevarlo a cabo, e incluso los estados altamente desarrollados sólo podían hacerlo una vez cada diez años. En esas condiciones de limitada capacidad de procesamiento de información (como podemos ver ahora), el impulso para aumentar proporcionalmente estas burocracias creó estrategias para una reducción radical de la complejidad, haciéndolas rígidas e impersonales.

 Sin embargo, durante ese mismo periodo de expansión del control centralizado, se crearon nuevos espacios de autonomía. La gente o, más precisamente, los hombres educados de las ciudades, forjaron un nuevo tipo de subjetividad. Empezaron a pensar en sí mismos, menos como miembros de grandes colectivos (el gremio, la iglesia) y más como personas individuales dotadas de capacidades, responsabilidad propia y, por tanto, con una cierta liberación de aquellas entidades colectivas. La noción secular de una vida interior era el eje central en este nuevo sentido de la individualidad,4 la cual se caracterizaba por una capacidad innata para la reflexión y el razonamiento. Esto es, quizá, la noción central de la Ilustración que celebró la habilidad “para usar el entendimiento propio sin la guía de otro”, por citar la famosa definición de Immanuel Kant (1784). Aunque estas capacidades estaban localizadas en el mundo interior del individuo, la Ilustración las pensó como universales. En principio, cada hombre (aunque no necesariamente las mujeres) debería llegar a la misma conclusión razonada si se le presentara la misma evidencia. Basado en la universalidad de la razón, el sujeto podía contradecir, justificadamente, a la autoridad y a la tradición.

La noción de privacidad protegía este mundo interior (y por extensión, la casa y la vida familiar) de la interferencia de las autoridades, y así, también protegía la capacidad de la persona para llegar a opiniones razondas sobre el mundo. En la concepción liberal, este mundo interior protegido proporcionó los fundamentos para que cada  hombre formara sus propias opiniones y las intercambiara en la esfera pública, en una reflexión racional de los asuntos públicos.5 Esta capacidad para razonar, a su vez, proporcionó la legitimidad para la inclusión de estos hombres ilustrados (y más tarde mujeres), elevados al estatus de ciudadanos, en el gobierno del estado. De hecho, esta reclamación de poder fue vista progresivamente como la única legítima, sustituyendo a la tradición como la fuente de autoridad principal. Muchos de las preocupaciones de hoy sobre la pérdida de privacidad se derivan del compromiso de esta tradición con la democracia liberal.6

Desde finales del siglo XIX, sin embargo, la concepción del mundo interior cambió radicalmente. Con la emergencia del capitalismo de consumo, la identidad personal se convirtió en un proyecto y en un problema con una urgencia desconocida hasta el momento. La vida interior dejó de verse menos compuesta por un conjunto relativamente pequeño de universales coherentes y más como la infinita extensión de impulsos conflictivos e influencias, formando un patrón dinámico único para cada persona. Sigmund Freud, tal y como argumenta la historiadora del psiconálisis Eli Zaretsky, se convirtió en el principal intérprete de las tensiones psicológicas disparadas por la sociedad de consumo.7 El mundo interior vino entonces a ser visto como fondo al que la identidad individual, más que la razón universal, estaba anclada. La privacidad protegía la totalidad y la exploración potencialmente peligrosa llevada a cabo por el individuo, mientras él o ella intentaba poner de acuerdo sus presiones y deseos en el núcleo de la individualidad. Si seguimos el enfoque de Zaretsky, quien trazó un mapa de la transformación de las subjetividades (con el psicoanálisis como marco conceptual para expresar un determinado tipo) junto a las transformaciones del capitalismo, el tipo de subjetividad descrita por Freud empezó a perder su preponderancia en los años 60.

Nuevos movimientos sociales empezaron a reaccionar a las presiones y oportunidades creadas por otra transformación más, hacia lo que entonces se llamó sociedad post-industrial y que ahora se llama, con mayor precisión, la sociedad red. En vez de centrarse en la introspección, los nuevos movimientos sociales promovieron un nuevo tipo de subjetividad que enfatizaba la expresividad, la comunicación y la conexión. Al mismo tiempo, las feministas empezaron a desarrollar una crítica prolongada de la privacidad, entendiendo las relaciones familiares, no como la fuerza que contrarresta al capitalismo, sino como su continuación. Por lo tanto, la privacidad no protegía de la dominación, sino que la tranferiría desde el campo económico al de las relaciones de género.8 Sin embargo, a pesar de la emergencia de estos movimientos sociales orientados hacia la libertad, las burocracias jerarquizadas permanecieron como la forma dominante de organización social, y a pesar de la crítica feminista a la privacidad, ésta podía funcionar todavía como un concepto importante para proteger a la gente contra el control de tales instituciones. En Alemania, por ejemplo, a mediados de los años 80, surgió una resistencia popular contra el censo nacional (Volkszählung), fundamentada principalmente en la protección de la privacidad contra los ojos depredadores del estado.

 

 Individualismo en red e instituciones personalizadas

Avancemos 30 años rápidamente. Muchos países, incluida Alemania, ya no llevan a cabo censos nacionales porque los datos ya han sido recolectados y pueden agregarse de manera flexible desde bases de datos variadas en el centro del gobierno. Un número cada vez mayor de gente está dispuesta a publicar enormes cantidades de información sobre sí misma online, para que todo el mundo la vea, y es feliz utilizando servicios que recopilan datos muy precisos sobre sus asuntos personales. Mientras la gente, según las encuestas, pretende todavía estar preocupada por la privacidad, sus actividades parecen indicar que tales preocupaciones parecen desvanecerse en su cotidianidad. ¿Qué ha pasado? Aquí me gustaría centrarme en dos piezas del puzzle. La primera tiene que ver con una transformación de la subjetividad a escala masiva. La segunda, con las relaciones cambiantes entre individuos e instituciones referidas a la prestación de servicios personalizados, que ya no estandarizados.9

Primero, la subjetividad. Los valores en los movimientos sociales de los 60, desgajados de sus raíces políticas, se han extendido por la sociedad; ahora son dominantes. La flexibilidad, la creatividad y la expresividad son vistas hoy como rasgos personales generalmente deseables, necesarios para el éxito social y, cada vez más, como pertenecientes a la ‘verdadera naturaleza’ de los seres humanos. Como las instituciones tradicionales están perdiendo la capacidad de organizar las vidas de la gente (pensemos en el declive del empleo para toda la vida, por ejemplo), las personas tienen que encontrar su propia orientación, para bien o para mal. Aunque esto ha sido visto a menudo como un proceso negativo de atomización,10 nos encontramos también con que emergen nuevas formas de sociabilidad a escala masiva, basadas en las nuevas infraestructuras de comunicación y medios de transporte (relativamente) baratos a los que tienen acceso grandes cantidades de personas. Pero la sociabilidad en este nuevo entorno es radicalmente diferente a las formas precedentes, fundamentadas, sobre todo, en la copresencia física. Para socializarse en un espacio de flujos primero hay que hacerse visible, es decir, crear una representación a través de actos expresivos de comunicación. Para conectarse dentro de esta red, una persona tiene que ser, al mismo tiempo, sutilmente diferente, o sea, creativa dentro de alguna tendencia reconocible, y someterse a las convenciones sociales que mantienen unida a una red particular. Hay, al mismo tiempo, aspectos negativos y positivos en el hacerse visible de esta manera: está la amenaza de ser invisible, ignorado y anulado, por una parte, y por otra, la promesa de crear una red social que realmente exprese la propia individualidad. Esto crea un tipo particular de subjetividad que los sociólogos han venido a llamar individualismo en red. “Los individuos”, hace notar Manuel Castells, “ no se retiran a la soledad de la realidad virtual. Al contratio, expanden su sociabilidad al usar la riqueza de las redes de comunicación a su disposición, pero lo hacen selectivamente, construyendo sus mundos culturales en términos de preferencias y proyectos, y modificándolos según sus intereses personales y valores.”11 Ya que estas redes de sociabilidad son formas de organización horizontales, basadas en asociaciones voluntarias autoselectivas, requieren siempre un determinado grado de confianza entre las personas implicadas. Aunque la confianza se afianza en el curso de la interacción, como siempre pasa, tiene que haber un mínimo de confianza para empezar a interactuar en primer lugar. Lo que podría convertirse en un problema de ‘huevo o gallina’, se solventa en la práctica con la disponibilidad de la trayectoria de intereses y proyectos que cada persona crea al publicar –como individuo y voluntariamente- información sobre sí mismo, lo que le interesa, lo que le apasiona, e invirtiendo tiempo en ello. En otras palabras, ser expresivo –sobre cualquier cosa- es la precondición para crear sociabilidad en las redes de comunicación, la cuales, a cambio, definen a la gente y su capacidad para crear o participar en proyectos que reflejen su personalidad.12 Esta necesidad de expresar los propios deseos y pasiones para apuntarse a la sociabilidad que crea la propia identidad, lenta pero infaliblemente, erosiona la distinción entre el mundo interior y el mundo exterior, tan central a la subjetividad moderna forjada en la Galaxia Gutenberg. La subjetividad se basa en la interacción, más que en la introspección. La privacidad en el contexto en red implica menos la posibilidad de refugiarse en el núcleo de la propia personalidad, del verdadero ser, y más el peligro de desconectarse de un mundo en el que la sociabilidad es tenue y necesita ser mantenida activamente todo el tiempo. Si no, la red simplemente se reconfigura a sí misma, privándole a uno de la capacidad de desarrollar su personalidad y vida propias.

En segundo lugar, las grandes instituciones. Una de las promesas progesistas del estado liberal moderno, y de las instituciones burocráticas en general, era acabar con los privilegios y tratar a todo el mundo con igualdad. Estaba basada en la premisa de que nadie está por encima (o por debajo) de la ley y de que todas las decisiones se toman de acuerdo a la ley (o, más generalmente, por procedimientos escritos). La rigidez y la impersonalidad han sido definidas durante mucho tiempo como características esenciales de las burocracias. Max Weber, a comienzos del siglo XX, cuando las burocracias crecieron a una escala sin precedentes, tuvo el famoso temor de que su racionalidad superior encerraría a la sociedad en una jaula de hierro. Hoy, tal impersonalidad no es vista ni como liberación de las injusticias del privilegio ni como racionalidad, sino como mano muerta de la burocracia. Porque, tal y como establece la ideología neoliberal, no somos iguales, sino únicos. Esto crea a la vez una presión y una tracción que transforma profundamente las relaciones entre instituciones e individuos. Incluso las instituciones enormes se enfrentan a la exigencia de tratar a cada uno individualmente. Esto se ve mejor en las nuevas instituciones, las cuales han tenido que luchar con tales exigencias desde su creación. Las empresas que componen la web 2.0 van todas sobre personalización, recomendaciones y resultados individualzados. Por eso demandan grandes cantidades de datos personales, o bien suministrados directamente por el usuario (quien rellena formularios de registro, descarga listas de contacto personales y calendarios, selecciona favoritos e intercambia compañeros), o recopilados indirectamente (a través de análisis de acceso, procesamiento de historias del usuario, etc.) Google, por supuesto, es la más ambiciosa en esta área pero, en principio, no es muy diferente a otras compañías de Internet.13 Y esto no es un desarrollo aislado en un solo sector, sino sintomático a la transformación desigual de la economía como un todo. A nivel de fabricación, se expresa en el cambio desde un modelo fordista de producción masiva estandarizada, a un modelo en red de producción altamente flexible para nichos definidos con precisión, hasta llegar al individuo. A nivel servicios, se expresa en el cambio hacia la prestación de servicios personalizados. Prácticamente todas las industrias y servicios orientados al consumidor están emplenado hoy CRM (gestión de relación con el cliente), incrementando enormemente la cantidad de datos personales recopilados en todos los ámbitos, permitiendo la prestación de servicios y la oferta de productos altamente definidos para el público objetivo preciso. Por supuesto, también hay una fuerte tendencia por parte de las propias empresas para aprender lo máximo posible sobre sus consumidores/usuarios, para afinar cada relación y maximizar el beneficio. Parece haber ahí un pacto tácito, aceptado por una gran mayoría de consumidores/usuarios: a cambio de datos personales se recibe un servicio personalizado, asumiendo que personalizado es mejor que estandarizado. Para tener éxito en semejante entorno, las burocracias, incluso las de mayor escala, se esfuerzan por ser menos jerárquicas, más flexibles y más personalizdas, estableciendo relaciones íntimas con la gente con quien tienen que tratar.

Autonomía y control

El antiguo equilibrio entre autonomía y control, representado en las figuras del ciudadano y de la gran burocracia, mantenido por la privacidad, está en proceso de desaparecer. La autonomía se crea cada vez más dentro de las redes (semi)públicas, unida por la autocomuncación de masas y los más o menos frecuentes encuentros físicos.14 Se están creando nuevos proyectos para incrementar la autonomía –que es la capacidad de la gente para liderar sus propias vidas según sus propios planes— a todas las escalas y con una variedad de definiciones mayor de lo que parece. Lo que es característiso a todas ellas es que la condición para la autonomía ya no se entiende como enraizada en el mundo interior, apartada del mundo social, sino en proyectos en red profundamente comprometidos con el mundo social. Tales proyectos van desde las campañas de justicia global, al resurgimiento de identidades locales, desde campañas políticas de presión, sin mucha coordinación, a grupos de apoyo que ayudan a la gente a superar traumas personales. Pueden ser de extrema derecha o de extrema izquierda, destructores o enriquecedores. El compromiso con tales proyectos es voluntario, se mantiene por protocolos comunes de comunciación y está basado en la confianza entre sus participantes. Confianza que se hace posible por la disponibilidad horizontal de información personal sobre cada uno. De alguna manera, la dinámica de las comunidades tradicionales offline –donde todo el mundo se conoce- está siendo transportada y transformada a escala en estas nuevas comunidades conectadas online. Por supuesto, el significado de ‘conocer a una persona’ es bastante diferente y a menudo las comunidades distribuidas son demasiado grandes como para ‘conocer’ incluso superficialmente o considerar ‘amigo’ a cada uno de los implicados. Sin embargo, si es necesario, cada cual puede ser encontrado y se puede convertir en alguien debidamente conocido rápidamente, porque todos, voluntaria o involuntariamente, dejan sus huellas personales accesibles, en tiempo real o inmediatamente, con gran facilidad. Mientras que esto, en sí mismo, no es un asunto totalmente libre de problemas –¿qué hay de la libertad de tener ciertos actos desvanecidos de la memoria?—15 provee la base para el nacimiento de asociaciones voluntarias.

Más problemático es el cambio hacia las instituciones personalizadas. Con la naciente complejidad de los servicios prestados, la personalización tiene sus beneficios y la mano muerta del formalismo burocrático puede ser, de hecho, bastante letal a veces. A pesar de todo, la personalización también aumenta el poder y el control que pueden ejercer tales instituciones, antes que lo contrario. Todo el conocimiento que sirve para enmarcar el carácter de la personalización queda de parte de la corporación, la cual maneja una variedad, siempre en aumento, de herramientas, para afinar cada relación y optimizar sus propios intereses (por lo general la maximización del beneficio). Cuando las acciones del consumidor/usuario están alineadas con las de la corporación, se apoyan y se amplifican a través de la concesión de privilegios, tales como descuentos, características extra y oportunidades, entrega más rápida, y así. Sin embargo, en cuanto las acciones no están compenetradas (porque son hostiles o no son rentables), la personalización se convierte en discriminación, basada en cuales sean los mecanismos que hayan sido programados en los algoritmos subyacentes.16 Para el usuario, enfrentado a mecanismos de decisión opacos, sutiles e inexplicables, es casi imposible determinar si uno está siendo privilegiado o discriminado. Ya no existe más el estándar contra el que esto pueda ser medido y evaluado.

Así, las posibilidades de crear una autonomía significativa están siendo expandidas a través de asociaciones voluntarias y horizontales que expresan directamente los intereses y deseos de sus miembros. Al mismo tiempo, y a través de la misma infraestructura, la devolución de privilegios y discriminación expande la capacidad de las instituciones de dar forma, sutil o abiertamente, a las vidas de los demás, según sus agendas. Podemos observar una transformación estructural de las condiciones para la autonomía, así como en las prácticas de control. La privacidad ya no sirve más para mediar entre ellas. Lo que debería sustiruirla son dos cosas. Nuevas estrategias para la opacidad conectiva, que se extiendan horizontalmente –modulando lo que aquellos que no pertenecen a una red particular pueden ver de lo que ocurre dentro–, y verticalmente –modulando lo que los proveedores de la infraestructura pueden ver de la sociabilidad que permiten. De alguna manera, esto puede ser entendido como privacidad 2.0, la cual toma como su unidad, no al individuo, sino a toda la red social. Pero esto no es suficiente. También necesitamos una obligatoria transparencia de los protocolos, algoritmos y procedimientos que personalizan el comportamiento de estas nuevas burocracias flexibles, para que las condiciones de discriminación puedan ser contestadas.

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