EL MAGNETISMO DE LAS NEUROIMÁGENES (I)

 

El cerebro se ha convertido en el centro de explicación de los asuntos humanos. De pronto, es como si todo dependiera del cerebro y no fuéramos más que “un montón de neuronas”, como decía Francis Crick en 1994, al presentar la hipótesis revolucionaria para el siglo XXI, según la cual “Usted, sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre albedrío, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y moléculas asociadas” (Crick, 1994, p. 3).

 

La neuro-revolución ya ha sido declarada, si nos creemos la proclamación de Z. Lynch (2009). El papel creador del cerebro está dado por hecho ya en el mismo título de libros recientes de importantes autores, como el de Michael Gazzaniga: ¿Qué nos hace humanos? (de 2008) y el de Antonio Damasio: Y el cerebro hizo al hombre (de 2010), poco menos que una declaración bíblica.
 

La neurociencia ha llegado a ser la ciencia reina, con la complicidad de las ciencias sociales y de las humanidades, incluyendo la filosofía. La tarea de la neurociencia, dice el texto de Kandel, Schwartz y Jassell (2001), es explicar la conducta en términos del cerebro, cuya última frontera es entender las bases biológicas de la conciencia y de los procesos mentales por los que percibimos, actuamos, aprendemos y recordamos. Dentro de ella, la neurociencia cognitiva es la disciplina especialmente ocupada en el estudio de los mecanismos biológicos de la cognición, tratando de especificar las funciones psicológicas en términos neuronales.

La neurociencia cognitiva es una tendencia creciente en psicología (Spears, 2008). La tendencia consiste mayormente en “pasar” los temas de la psicología por la máquina de neuroimagen. Un número monográfico de 2008 de Current Directions in Psychological Science muestra como prácticamente todo los temas tradicionales de la psicología (atención selectiva, memoria a corto y largo plazo, memoria declarativa, memoria no-declarativa, reconocimiento de objetos, sistema conceptual, sistema visual, etc.) son reelaborados en términos neurocientíficos. Aunque es legítimo e interesante estudiar el interface entre neurociencia y ciencia psicológica, las cuestión por lo que aquí importa destacar es que lo que compete a la psicología es entender el funcionamiento psicológico, no lo que ocurre en el cerebro. La psicología estudia cómo funciona la mente, si se prefiere a decir la conducta, no dónde funciona el cerebro. Como dice Mike Page (2006), después de gran inversión de tiempo y dinero, los hallazgos neurocientíficos no suponen un avance en el conocimiento psicológico.

Por su parte, la psiquiatría, a pesar de su pluralidad de escuelas (psicoanalítica, fenomenológica, interpersonal, etc.), en esto como la psicología, parece estar cumpliendo su vieja aspiración a entender los trastornos mentales como trastornos del cerebro, bajo el impacto de la neurociencia (Insel, 2009). De hecho, se propone realinear la psiquiatría con la neurología, con miras a su conversión en una nueva disciplina como neurociencia clínica. Este entusiasmo de la psiquiatría no repara en el hecho histórico repetido de que cuando un trastorno mental se explica por causas orgánicas desaparece de su campo para pasar a otra especialidad médica, por lo común la neurología (Shorter, 1997). Si fuese así en todos los trastornos, según se empieza a ofrecer una cartografía cerebral para muchos de ellos (Insel, 2010), la psiquiatría biológica moriría de éxito, sin llegar probablemente a reencarnarse como neurociencia clínica. La cuestión es que esta tendencia dominante de la psiquiatría está determinando en buena medida la propia tendencia de la psicopatología.

Así, en efecto, la psicopatología padece hoy un marcado sesgo neuro-céntrico, al hilo de la psiquiatría biológica. Los fenómenos psicopatológicos son condiciones humanas complejas, que requieren la consideración de múltiples aspectos, entre ellos, los neurobiológicos, pero no su reducción a éstos. Sin embargo, la imagen que se transmite es que la psicopatología se reduce a desequilibrios neuroquímicos y circuitos defectuosos (Insel, 2010). Esta imagen está prácticamente sostenida por neuroimágenes, consistentes en puntos coloreados en un cerebro, como si los trastornos estuvieran allí y eso fueran en realidad. Lo cierto es que las neuroimágenes se ofrecen con la presuntuosidad de que muestran la realidad de los trastornos, como si la experiencia subjetiva y demás aspectos psicológicos no contaran, cuando son en realidad estos aspectos los que cualifican el trastorno y no precisamente las flamantes neuroimágenes.

No se trata sólo de que la neurociencia invade la psicología, la psiquiatría y, así, la psicopatología. La tendencia neurocientífica parece estar suplantando las ciencias sociales y las humanidades, según proliferan neuro-disciplinas de todo tipo: neuro-economía, neuroética, neuro-estética, neuro-teología, neuro-política, neuro-marketing, neuro-educación, neuro-cultura, etc. En todos estos campos el cerebro parece tomar primacía acerca de temas que hasta entonces se entendían en su contexto. Pero ahora las diversas disciplinas se aprestan a reescribirse en términos de las bases neuronales implicadas, como si así fueran más científicas y su saber se confirmara de una vez.

El cerebro-centrismo se ha instalado también el la cultura popular. El cerebro resulta familiar, como si se tuviera trato directo con él, aun cuando es un órgano del que no se tiene experiencia, ni siquiera duele, lo que duele es la cabeza, no las neuronas. Si por el cerebro fuera, se podría intervenir quirúrgicamente sin anestesia. La revistas de variedades y de suplemento dominical hablan del cerebro como un personaje más, relacionado, valga por caso, con la elección de pareja, la atracción sexual, la tendencia a ir de compras, la autoestima, la meditación, mindfulness, la solidaridad, la amistad, etc. El cerebro compite con el Dalai Lama y Buda, cuando de bondades se trata. El descubrimiento de las neuronas espejo, una especie de neuronas que se activan al ver a otros haciendo algo, ha sido una bendición para la cultura magazine. La divulgación científica, tanto por parte de revistas especializadas como de libros, no se queda corta en dar a entender que todo depende del cerebro, incluyendo la mejora de nuestras vidas. Así, por ejemplo, un monográfico de Investigación y Ciencia (Scientific American) de 2003 titulado “Mejores cerebros. Como la neurociencia te mejorará” habla de mejoras personales, de píldoras de la inteligencia, de regeneración y estimulación del cerebro, de leer la mente, de control del estrés, etc. Un libro sobre neuronas espejo (Iacoboni, 2008) ya sugiere en el subtítulo que estas neuronas tienen que ver con la empatía, la política, el autismo, la imitación y el entendimiento de los demás. La divulgación neurocientífica ya es todo un género literario que no hace sino contribuir al cerebro-centrismo.

    


¿Los hallazgos y métodos de la neurociencia obligan a repensar todo en términos del cerebro? ¿El mayor cono-cimiento que sin duda se tiene del cerebro, se corresponde con un mayor y mejor conocimiento de asuntos, valga por caso, como los trastornos psicológicos, el yo, la libertad, el amor, la ética, la economía, la justicia, la cultura, etc.? ¿No será, después de todo, el cerebro-centrismo una moda, un mito y una ideología? ¿A qué se debe toda esta neuro-revolución?, ¿cómo hemos llegado a esto?

¿Cómo se ha llegado a esto? No es fácil responder a esta cuestión. Para empezar, no es una cuestión que sea auto-evidente, por así decir, que esté en el aire, puesto que ya estamos inmersos en una atmósfera en la que el cerebro es el centro de referencia para todo (prestigio de la neurociencia, neuro-disciplinas de todo tipo, divulgación neurocientífica que impregna la cultura popular). Es necesario disponer de un cierto planteamiento crítico, de manera que uno no se deje seducir por la repentina atribución al cerebro de todo lo que hacemos, sin tampoco estar al margen de la importancia de su conocimiento. No perder el sentido común, sería un buen comienzo. Al fin y al cabo, es uno el que habla, no su cerebro (suponer que es el cerebro el que hace las cosas en vez de nosotros sería un “síntoma psicótico”). Pensar un poco sobre lo que dicen realmente las neuroimágenes acerca de nuestras vidas, sería una buena continuación. En virtud de qué unos puntos coloreados sobre la silueta de un cerebro explican los asuntos de la vida, actitudes políticas, creencias religiosas, comportamientos económicos, decisiones éticas, relaciones interpersonales, respuestas ante un escaparate, la depresión, etc. ¿De pronto, la tradición, las costumbres, la cultura, las formas de vi-da aprendidas y transmitidas, se reducen a puntos coloreados en el dibujo de un cerebro? ¿No seguimos tratando directamente con las personas, en vez de con sus cerebros?

Con todo, responder a la cuestión de cómo se ha llega-do a esto requiere una mayor reflexión, más probable-mente del tamaño de un libro como se ha desarrollado en El mito del cerebro creador. Cuerpo, conducta y cultura (Pérez Álvarez, 2011), que de la necesaria limitación de un artículo. Por lo que aquí respecta, esta reflexión se va a desplegar en cuatro puntos. En primer lugar, se muestra el poder seductor de las neuroimágenes. En segundo lugar, se señala la avenencia del cerebro-centrismo con el individualismo. En tercer lugar, se habla del declive de las humanidades y de las ciencias sociales. Finalmente, se pone de relieve el bucle dualismo-monismo como tinglado filosófico de fondo. Cada uno de estos puntos lleva un apunte de su remedio.

EL PODER SEDUCTOR DE LAS NEUROIMÁGENES

Ni que decir tiene que cada vez se sabe más acerca del funcionamiento del cerebro, de manera que no es de extrañar su mayor protagonismo en relación con las actividades humanas. No se trata aquí ni de pasar por alto el enorme avance que supone la neurociencia, ni tampoco de entretenerse en señalar siquiera algunos de estos avances. Una breve historia del conocimiento del cerebro puede encontrarse en González Álvarez (2010). Únicamente se va a reparar en uno de los varios métodos para su estudio, probablemente el más usado y, en todo caso, el más popular, como es la Imagen por Resonancia Magnética funcional (IRMf).

EL MAGNETISMO DE LAS NEUROIMÁGENES 2
 
La IRMf es un método no invasivo para el estudio de la estructura del cuerpo que se vale de la resonancia magnética, mediante una serie de imanes, un generador de radiofrecuencia y un detector, acoplados a un ordenador que procesa los datos y los transforma en imágenes. Se excusa decir que la IRMf supone una imponente sofisticación científica y tecnológica. Quien es sometido a la resonancia está tumbado en una mesa deslizante que entra en el “tubo” de una máquina donde permanece durante el tiempo de la prueba rodeado de potentes imanes. Cuando se estudian funciones psicológicas, el participante realiza tareas a propósito del asunto en estudio, tales como ver imágenes que se proyectan en una especie de gafas con pantallas, atender a instrucciones recibidas por auriculares o tomar decisiones sobre un teclado ad hoc.

¿Qué mide la IRMf? Mide el flujo sanguíneo en el cerebro detectado gracias al magnetismo de la oxigenación de la sangre. Se entiende que el mayor aporte sanguíneo es requerido por la actividad neuronal implicada en la función que se está realizando en aquel momento (la tarea experimental propuesta). Es interesante recordar que la IRMf viene a responder a una pregunta que se hacía William James en 1890. “Es muy probable que la sangre acuda a cada región de la corteza de acuerdo con su actividad, pero sobre esto no sabemos nada”, decía James entonces. “Casi no necesito decir —añadía James— que la actividad de la porción nerviosa es el fenómeno primario y el flujo de la sangre su consecuencia secundaria” (Principios de psicología, p. 82), Así, pues, el flujo sanguíneo se toma como indicador de actividad neuronal que, a su vez, está asociada a la actividad psicológica. La imagen coloreada resultante mide en rigor flujo sanguíneo que se supone está relacionado con actividad neuronal correlativa a la actividad conductual en estudio (económica, ética, política, psicopatología, etc.).

 

 

 



Por si fuera poco, la imagen coloreada o neuroimagen que se ofrece no es una instantánea del cerebro sino el promedio estadístico de muchas tomas, a menudo de muchos sujetos, de manera que no representa en realidad la actividad de alguien en particular, por así decir, la mente in fraganti. Por lo demás, la neuroimagen está tomada en un ambiente completamente antinatural para las actividades estudiadas, como es uno tumbado en el tubo de una máquina rodeado de imanes, sin hacer otra cosa que ver alguna imagen a través de unas gafas, oír instrucciones o frases por medio de unos auriculares o pulsar con los dedos algún botón de un teclado. Cuando nos presentan neuroimágenes relacionadas con cualquier actividad humana, en realidad uno estaba metido en una máquina imaginando eso, no en una situación real.

¿Cómo interpretar las neuroimágenes? Hay un gran trecho entre lo que mide la resonancia magnética y la imagen ofrecida (Vul, Harris, Winkielman, y Pashler, 2009). Aun siendo el flujo sanguíneo indicador de actividad neuronal, el flujo tiene un curso mucho más lento que el proceso neuronal, de modo que no hay puntualidad entre ambos. Asimismo, el flujo puede estar alimentando más de una actividad neuronal, aparte de que puede haber unas neuronas más eficientes que otras y que necesiten menos oxígeno. Tampoco se sabe cuántas neuronas son necesarias para dar lugar a una unidad de medida. Por otro lado, la IRMf detecta áreas activas, dando una imagen del cerebro más modular que distribuida en redes funcionales, como seguramente funciona el cerebro, por lo que esta cartografía cerebral se ha visto como una “nueva frenología” (Dobbs, 2005). En realidad, los estudios de neuroimagen no confirman nada acerca del supuesto origen biológico de los trastornos mentales (González Pardo y Pérez Álvarez, 2008, cap. 8). Aun resuelto lo anterior, queda el problema funda-mental de explicar la actividad de un campo por la de otro, en este caso una actividad conductual por su corre-lato o, como se dice, la mente por el cerebro.

La IRMf, según se considere, supone una gran aportación al estudio del cerebro, en la medida en que ofrece una cartografía funcional de áreas implicadas en unas u otras actividades, o no gran cosa, toda vez que lo que muestra son en realidad flujos sanguíneos tomados como indicadores de actividad neuronal asociada a actividad conductual. A este respecto, de las IRMf no se puede decir sino que son medidas burdas de la actividad que supuestamente representan, más preciosas que precisas. Lo que ofrecen las IRMf, dice Dobbs (2005), es algo así como escuchar un cuarteto de violinistas oyendo el sonido de cada instrumento condensado en un ruido único después de terminar el concierto, en vez de oír cómo los músicos se acompasan unos con otros.

Sin embargo, las neuroimágenes tienen, qué duda ca-be, un gran poder seductor, dando a entender más de lo que hay, en este caso ofreciendo explicaciones neuro-biológicas de las actividades humanas, como si fueran la razón y la causa de éstas. Las explicaciones neurocientíficas funcionan como la explicación fundamental, según se habla de fundamentos neurobiológicos de la conducta y de bases neuronales de la conciencia, etc. Las neuroimágenes aúnan el poder de la ciencia y para el caso de la neurociencia con el poder de las imágenes en influir a la gente. Se trata de imágenes que cuentan con el prestigio de la ciencia y la prestidigitación de la técnica. No siendo las neuroimágenes más que correlatos cerebrales de actividades conductuales, se prestan sin embargo a relatos explicativos acerca del descubrimiento de las bases neuronales y confirmación de tal o cual actividad, como si ésta ahora, por fin, obtuviera garantía científica y carta de naturaleza. Cuando se presentan neuroimágenes de tal o cual actividad, fácilmente se pasa por alto que, en realidad, no añaden nada a lo que se sabía del tema, fuera de saber ahora donde tiene lugar el correla-to neuronal.

    



Estudios experimentales muestran la atracción seductora de las explicaciones neurocientíficas, por así decir, su magnetismo. Se ha visto que explicaciones irrelevantes se juzgan más favorablemente si contienen jerga neurocientífica. Independientemente del estatus científico y de su relevancia, las explicaciones neurocientíficas influyen en la gente, más allá de lo que la evidencia puede sostener (Beck, 2010; Weisber, Keil, Goodstein, Rawson y Gray, 2008).

Neurociencia crítica

Frente el cerebro-centrismo que domina los tiempos actuales, aquí representado por el poder seductor de las neuroimágenes, se alza la neurociencia crítica. La neurociencia crítica es un enfoque que trata de entender, explicar, contextualizar y, cuando sea requerido, criticar los desarrollos en torno a la neurociencia social, afectiva y cognitiva, con el propósito de crear las competencias necesarias para abordar con responsabilidad los nuevos desafíos y asuntos que surgen en relación con las ciencias del cerebro (Slaby, 2010). Plantea cuestiones como las siguientes. ¿Qué está sucediendo en la neurociencia contemporánea como para afectar a la sociedad de modo tan notable? ¿Responden estos efectos a hallazgos que nos obligan a entender los asuntos humanos de otra manera o estamos sobreestimando su impacto a cuenta de otras importantes fuerzas del cambio social y cultural, tal como, por ejemplo, el desarrollo de la economía capitalista? ¿Cómo y vía qué canales interactúa la neurociencia con las concepciones actuales del yo, la identidad y el bienestar? ¿Cuáles son los “estilos de pensamiento” predominantes que han emergido de las neurociencias y de las “neuro”-disciplinas? ¿Cómo está la neurociencia institucional y políticamente ligada con agentes como las compañías farmacéuticas, las agencias de financiación, los diseñadores de políticas, etc.? Cuestiones de este tipo son suscitadas por la neurociencia crítica, tendentes a un uso más responsable de la neurociencia (Slaby, 2010).

El término “crítica” se refiere aquí a un examen de las prácticas e instituciones científicas, así como de los con-textos sociales dentro de los que éstas se dan, en vez de tomar sin más los “hallazgos” neurocientíficos, a menudo neuroimágenes, como explicación acrítica de todo. Más en particular, se trata de establecer puentes entre el análisis sociológico, filosófico y antropológico de la neurociencia, en orden a examinar la manera en que los fenómenos conductuales y sociales se estudian en los laboratorios, sobre todo, cuando los resultados se reifican en términos biológicos y a analizar las condiciones sociales y culturales que sustentan esta reificación. Para ello, la neurociencia crítica recurre a una variedad de disciplinas como las siguientes, de acuerdo con Choud-hury, Nagel y Slaby (2009): 1) Análisis histórico de cómo problemas particulares llegan a ser cuestiones para la neurociencia, tales como el cerebro criminal, el tras-torno de estrés postraumático, los adolescentes en riesgo o mujeres empáticas, y cómo metodologías particulares se valoran por encima de otras más pertinentes. 2) Análisis técnico y conceptual de los procesos de investigación, incluyendo las metodologías de evaluación. 3) Análisis etnográfico de los sitios de investigación, prácticas técnicas, conceptos, actividades profesionales, así como de los investigadores y su formación y visión del mundo, metodologías y estilos de pensamiento. 4) Estudio del “compromiso público” de la ciencia en términos del inter-juego de la neurociencia, los medios, la industria y la política. 5) Identificación y seguimiento de “rastros” de las influencias económicas. 6) Análisis social y cultural de los contextos socio-políticos relevantes a la ciencia actual, así como del contexto más amplio en el que se pone en práctica. 7) Integración de los aspectos señalados de la neurociencia crítica, del 1) al 6), en el laboratorio. Se entiende que los aspectos señalados proporcionan razones para tener preocupaciones y precauciones acerca de las cuestiones metodológicas, tales como las maneras según se categorizan los sujetos, se conciben las características humanas, lo que se considera patológico y por qué razones, etc.

Un planteamiento crítico ha de ir “compensado” con un planteamiento reconstructivo. Aun siendo la crítica una contribución positiva, más razón tendrá en la medida en que ofrezca una alternativa. La alternativa al desenmascaramiento de la moda, mito e ideología del cerebro creador sería la reconsideración de las actividades humanas de acuerdo con el trinomio cuerpo, conducta y cultura, donde el propio cerebro resulta tanto o más “va-riable dependiente” que “variable independiente” (Pérez Álvarez, 2011). Según se ha argumentado en este libro, la plasticidad cerebral revela la reorganización estructural y funcional del cerebro al hilo de la conducta, habilidades y formas de vida de la gente. Así, permítase decir, el mayor volumen del hipocampo no es lo que lleva a ser taxista en Londres, sino que es la habilidad requerida y la práctica como taxista lo que cambia la estructura y función cerebral observada en los taxistas londinenses. La plasticidad cerebral permite entender los efectos de las condiciones de vida en el cerebro. Si uno vive de forma duradera en condiciones opresivas, estresantes, sin esperanza o provocadoras de ansiedad, como dice Gergen (2010), es enteramente posible que las conexiones corticales estén alteradas. En términos de causa y remedio, continúa Gergen, mejor sería centrarse en los orígenes culturales que en los mecanismos cerebrales. Si las condiciones culturales han producido las alteraciones corticales, entonces cambiar las condiciones de la vida de la persona parecería más beneficioso que la sedación farmacológica (Gergen, 2010, p. 803).

LA AVENENCIA DEL CEREBRO-CENTRISMO CON EL INDIVIDUALISMO

El cerebro-centrismo, referido a la tendencia a explicar las actividades humanas en términos cerebrales es hoy la última frontera del individualismo y el mayor referente de la interioridad. El individuo ya no se define tanto por el yo como por el cerebro y, así, se habla, por ejemplo, de hombre neuronal o de yo-sináptico si es que no del yo como ilusión creada por el propio cerebro. La memo-ria y los recuerdos se sitúan en el hipocampo y la con-ciencia en el sistema tálamo-cortical, si es que no en microtúbulos intracelulares. La empatía y la comprensión dependen de las neuronas espejo. Ya no parece que se-amos nosotros mismos los que simpatizamos y sentimos con los otros, sino nuestras neuronas espejo. El cerebro suplanta a la persona. Ser un cerebro en lugar de ser una persona ha llegado a ser una figura de los tiempos actuales (Vidal, 2009). Lo que antes se suponía que ha-cían las personas se atribuyen ahora al cerebro: el cere-bro piensa, decide, sabe, recuerda, conoce, miente, crea ilusiones, etc. Es el cerebro creador.

Todo parece indicar que el cerebro se presta a encarnar la tendencia individualista de la sociedad. Así, el cerebro no sólo es la sede del yo y base de la identidad sino que es fuente de reservas para el crecimiento personal y el desarrollo de las propias potencialidades (hay un Dalai Lama en tu cerebro). Cambia tu cerebro y cambiarás tu vida y el mundo, se dice. Las cosas que se hacen para mejorar la vida, desde la meditación al cultivo de la amistad parecen ya más justificadas por lo que cambian el cerebro que por sí mismas. El mundo, los demás y las actividades que se realizan vienen a ser un medio para entrenar tu cerebro. Con tu cerebro, te bastas: en él está inscrita tu historia, lo que eres, recuerdos, traumas, aprendizajes y en él está también el horizonte de tu vida, la satisfacción contigo mismo, la autoestima, la felicidad, la paz interior, el envejecimiento saludable. Tus problemas y las soluciones están en tu cerebro. ¿No están ahí los puntos coloreados indicativos de tu depresión, ansiedad, obsesiones, etc. y no cambian éstos cuando mejoras? En fin, el cerebro viene a ser la encarnación de la individualidad y la culminación de la interioridad. El viaje al interior aterriza en el cerebro.

En efecto, el cerebro-centrismo viene a culminar la tendencia interiorizante del individualismo, en la medida en que el cerebro es la última frontera y reducto del mundo interior. No hay ya nada más profundo y personal dentro de uno que su cerebro. Siendo asuntos psicológicos como la empatía, los celos, la envidia, la ansiedad, la depresión, etc., cosa del cerebro, el cerebro es el objeto del examen y del cambio personal. La comprensión de uno mismo ya no consistiría en el examen de la personalidad y modo de ser, de acuerdo con las vicisitudes y circunstancias de la vida, sino en la identificación de áreas y circuitos cerebrales, supuesta-mente responsables de nuestro comportamiento e inclinaciones. Por ejemplo, la profundidad de una depresión estaría localizada en núcleos profundos del cerebro (núcleo accumbens, etc.), según se toman como objetivo de estimulación por parte de tratamientos cada vez más prometedores. Los cambios para mejorar la condición humana ya no serían cambios sociales ni del individuo, sino del cerebro. La cuestión es que las explicaciones cerebro-céntricas llevan fácilmente por el camino equivocado, cuando se hacen cosas por “mejorar” el cerebro, en vez de mejorar el mundo y cambiar las condiciones y formas de vida de la gente. Además de desviar la atención de las verdaderas condiciones, el cerebro-centrismo puede traer una nueva reflexividad patógena, convertido el cerebro, sus imágenes e imaginaciones, en objeto de reflexión.

Por otro lado, el cerebro también se presta a sustentar la tendencia mentalista de la psicología cognitiva. En efecto, la tendencia mentalista del cognitivismo acaba por aterrizar en el cerebro con la bandera de “neurociencia cognitiva”, como se pronosticaba hace un cuarto de siglo, a propósito de la entonces flamante revolución cognitiva, en un artículo en esta misma revista titulado “Moda, mito e ideología de la psicología cognitiva” (Pérez Álvarez, 1985). La caída de la psicología cognitiva en el mentalismo, se decía entonces, no tiene más futuro que recalar en el cerebro, “encontrare con el cerebro”, se decía. “De manera que el sistema nervioso fundamente (valide, dé consistencia o avale) a los procesos que no se sostienen por sí mismos”. Se refería a procesos cognitivos interiores que se deducen de la propia conducta que tratan de explicar, tautológicamente. La investigación de los procesos cognitivos en el cerebro, se decía, “no es nada reprochable, simplemente que dejaría de ser psicología”, para convertirse en neurociencia cognitiva o algo así. La alternativa, entonces, como ahora, es estudiar la conducta de los sujetos como un todo en relación con el ambiente (cuerpo, conducta y cultura). El tema de nuestro tiempo en psicología es confrontar esta tendencia cerebro-céntrica (Gergen, 2010; Miller, 2010; Pérez Álvarez, 2011).

Desenmascaramiento ideológico

Frente a la recepción acrítica de los hallazgos neurocientíficos relacionados con las actividades humanas, como si fueran la última palabra, se propone el desenmascaramiento de la avenencia si es que no alianza entre los usos de la neurociencia y el individualismo con su tendencia interiorista. El caso es que estas tendencias a cuenta del cerebro pueden suponer un “pensamiento único” que va en detrimento de las funciones y valores atribuidos tradicionalmente al individuo y a la persona, empezando por la capacidad de dirigir su vida y la responsabilidad de sus actos, ahora asignados al cerebro, una entidad impersonal.

Cabe preguntar, con Francis Fukuyama (2002), si ya somos posthumanos y entonces estamos en manos de la biotecnología: genoma, ingeniería genética, psicofarmacología, neurociencia, etc. Lo cierto es que la biotecnología, con todos sus avances, no sitúa al ser humano más allá de sí mismo. Antes bien, pone de relieve lo humano, demasiado humano, que es el hombre en los tiempos tecnológicos. La biotecnología viene a ofrecer un horizonte de ansiada juventud, de supuesta felicidad, de poderío sobre las contingencias de la vida y de subterfugio al “miedo a la libertad”. Si bien la libertad es un valor ansiado y de hecho su consecución constituye a menudo una lucha, lo cierto es también el “miedo a la libertad”, por la responsabilidad que implica, como ha mostrado Erich Fromm en su célebre estudio. El culpable perfecto es el cerebro, con la complicidad de los genes.

La biotecnología y en particular la neurociencia, con sus explicaciones reduccionistas donde los correlatos neuronales se convierten fácilmente en relatos conforme el cerebro nos hace como somos, etc., vienen a eximir de buena parte de la responsabilidad de nuestras vidas, en particular, cuando se esperaría más capacidad de decisión y autodominio. Asimismo, las explicaciones cerebro-centristas llevan fácilmente, como se decía, por el camino equivocado, cuando se hacen cosas por “mejorar” el cerebro de cada cual, en vez de mejorar el mundo y cambiar las condiciones y formas de vida de la gente. La ideología del cerebro viene a decirnos que la explicación y solución de nuestros problemas, desde la “salud mental” a la búsqueda de la felicidad, son cosa del cerebro (psicofarmacología, entrenamiento neuronal, etc.). Se trata más de “perfeccionar” el propio cerebro que la persona, sin reparar que es la persona quien lo tiene que hacer en todo caso. La cuestión es que tomar al cerebro como objeto puede ser un camino equivocado, porque deja intactas las condiciones de las que dependen nuestros problemas (formas de vida, desorientación, consumismo, etc.). Es para pensar que, con la focalización en el cerebro, se quiere dejar a salvo la sociedad, con sus contradicciones y demás causas del malestar.

    


La ideología del cerebro alcanza su máxima expresión en la supuesta avenencia de la organización cerebral con el liberalismo económico (descentralización, deslo-calización, conexión en red, etc.), como si, por fin, se llegara a una sociedad (la actual) que encajara con la forma natural de funcionar el cerebro humano. Así, se observa una afinidad entre la literatura de la neurociencia-punta y el discurso de moda de la política neoliberal y la gestión organizacional (Slaby, 2010). Tanto la neurociencia como la política neoliberal enfatizan la deslocalización, la descentralización, la conexión en red, la flexibilidad y la capacidad para adaptarse a circunstancias y demandas continuamente cambiantes. Es como si el cerebro hubiera evolucionado para encajar con el capitalismo flexible. Como si con el capitalismo se diera, por fin, la adecuación entre el cerebro y la organización del mundo. En este contexto, ya no es de extrañar que se hable de la “neurona de Wall Street” (Zimmer, 2011), a propósito de una semejanza entre las redes de influencia de los corredores de bolsa y las redes según funcionan las neuronas. Se trata de una especie de naturalización del liberalismo, a cuenta del cerebro según lo describe la neurociencia actual. La clásica asociación weberiana de la ética protestante y el espíritu del capitalismo viene a ser ahora el hombre neuronal y el espíritu del nuevo capitalismo (Malabou, 2007). Esta asociación supone que el liberalismo económico está inscrito en el “diseño” del cerebro, como si la evolución del cerebro estuviera orientada a encontrar una sociedad acorde con su funcionamiento. La metáfora de moda para dar cuenta del cerebro ya no es el ordenador sino el discurso del liberalismo económico.

La cuestión es que una manera de describir el funcionamiento del cerebro que se vale de la metáfora del liberalismo económico se toma como su forma natural, la cual termina a su vez por naturalizar la fuente de la metáfora, en este caso, el propio liberalismo económico, como si éste fuera la forma natural hacia la que progresa la humanidad. Puesto que el genio y poder del cerebro no está precisamente en causar sistemas económicos ni en encajar con uno en particular, sino en permitir y habilitar las formas de vida que responden a la adaptación humana y sus variadas formas de habitar, entre ellas la capitalista, gracias a la plasticidad cerebral, todo hace pensar que el cerebro tiene aquí un uso ideológico, dan-do cobertura y legitimidad natural a un determinado sistema. De esta manera, el individuo queda subsumido en el sistema, como si fuera su acomodación natural, su-puesta esa concordancia entre el funcionamiento neuronal y el espíritu del capitalismo. Los posibles y aun probables desajustes del individuo en relación con el sistema, consistentes, por ejemplo, en depresiones, ansiedades, compulsiones, adicciones, esquizofrenias, etc., vienen a ser desajustes de la mecánica electro-química del cerebro (desequilibrios neuroquímicos, circuitos defectuosos). Tanto la sociedad como el individuo quedan exentos de responsabilidad. Los “efectos colaterales” del desajuste individuo-sistema son también cosa de ajuste neuronal, en particular, estimulantes y tranquilizantes. Todo ello, por lo demás, sin ser ajeno al “negocio” de la patologización de la vida cotidiana (González Pardo y Pérez Álvarez, 2008).

Siga leyendo en la Parte II

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