La rebelión de las masas

 

El gran tema de nuestro tiempo es el de la desigualdad, que está gestando una rebelión contra unas mermadas élites. La fractura política en España nace de este fenómeno de distanciamiento de las élites y de pérdida del respeto con que contaban. PP y PSOE deben responder con regeneración. No somos chinos escribía el otro día el culto comentarista británico Martin Wolf refiriéndose a quienes vivimos en democracias más o menos avanzadas que pertenecen a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico. Es posible que en un futuro los más de mil millones de chinos se cansen de que una élite política que se autoselecciona decida donde pueden vivir cada uno de ellos, como han de ganarse el jornal y cuantos hijos pueden tener.

    

Los que habitamos en entornos mucho más amables y confortables hemos dejado muy atrás aquel intrusismo. Lo que, sin embargo, está ocurriendo en nuestros pagos es una rebelión en toda la regla contra las mermadas élites que, con todo, mantienen la ilusión de que pueden, y deben, dirigir nuestros destinos. Wolf, que es posiblemente el más sabio de cuantos escriben en el Financial Times, afirmó que ya va siendo hora de que nuestras élites se acerquen al pueblo.

 

Tal proximidad es una cuestión compleja. El tema de nuestro tiempo es el de la desigualdad y se ensancha la brecha entre quienes tienen mucho y quienes tienen mucho menos. Esto explica un estado de irritación, y de angustia, que se traduce en volatilidad política. Wolf desarrolla la tesis de que las crecientes divergencias en la distribución de la renta en Estados Unidos explican los revolcones que sufrieron Hillary Clinton y Jeb Bush, candidatos ambos del establishment demócrata y del republicano, en el caucus de Iowa a comienzos de semana. Los votantes se han despertado del sueño americano y rechazan a los candidatos centrados, o mainstream, de los dos grandes y tradicionales partidos. En las primarias de New Hampshire la semana que viene la sacudida probablemente se repetirá.

El elector estadounidense está furioso con su élite y con la riqueza de los poderosos del país. Se siente amenazado por fenómenos -la globalización, la inmigración, el terrorismo- que no puede controlar. En su miedo y su confusa irritación puede votar a un charlatán evangelista como Ted Cruz, a un imprevisible narcisista como Donald Trump o a un iluminado anticapitalista como Bernie Sanders. La carrera hacia la Casa Blanca irá clarificándose y lo normal es que los extravagantes se queden en la cuneta pero sería aventurado asegurarlo.

Aquí las predicciones son todavía más peliagudas. ¿Qué decir de la insurrección del votante español? Estamos ante una excepción made in Spain de una envergadura mucho mayor, por el peso de este país en el conjunto europeo, a la de los desesperados extremismos antisistema que se han hecho fuertes en Grecia y en Portugal. La fractura política aquí merece un capítulo específico en la narrativa del distanciamiento de las élites y de la pérdida del respeto con que contaban. Las elecciones generales hundieron a los dos partidos clásicos en la miseria y en el último mes y medio Mariano Rajoy no ha hecho más que ahondar la tumba del Partido Popular.

La búsqueda por Pedro Sánchez de apoyos parlamentarios que aseguren su investidura como presidente del Gobierno tiene un doble punto de partida. Uno es que él ha desoído a esa selecta minoría que por su trayectoria o por su mando territorial se cree la representante de las esencias del socialismo hispano. Le dijeron que apoyase una gran coalición con el partido del gobierno saliente y él anunció que dirigiría una alternativa de cambio progresista. El joven y poco curtido líder del PSOE se ha puesto en la primera fila de la rebelión. Por motivos de su propia supervivencia, no tenía otra opción y esto tiene que ver con el segundo punto de partida.

La cuestión novedosa y crucial del actual momento político en España es que por primera vez desde los tiempos cuando se batía con el anarcosindicalismo antes de la guerra civil, el Partido Socialista ha dejado de ser la fuerza hegemónica de la izquierda. Felipe González pudo con total tranquilidad ignorar a cualquier intruso en su campo ideológico cuando ganó la elecciones de 1982 por goleada. También José Luis Rodríguez Zapatero cuando, con el superávit presupuestario que heredó bajo el brazo, se hizo con la agenda de derechos sociales. El gobierno Popular se había metido varios autogoles por su arrogancia, su apoyo a la guerra de Irak y su torpísima gestión del magnicidio del 11-M.

Ya quisiera Sánchez tener, no ya los 202 escaños de González hace más de treinta años sino los 164 que ganó Rodríguez Zapatero en las elecciones de 2004 frente a los 148 de Mariano Rajoy. Con la representación parlamentaria más escuálida de cuantas ha tenido el PSOE desde el recomienzo de las elecciones democráticas, Sánchez ha de lidiar el fenomenal descontento que el 20-D manifestó la ciudadanía contra el bipartidismo vigente. Lo que Rajoy llama recuperación económica, millones de electores califican como el brutal deterioro de sus expectativas materiales. Si Sánchez no encabeza la derogación de lo que se legisló en la anterior legislatura y no se compromete a acabar con lo que las redes sociales denominan el "austericidio", se enfrentará a la feroz y muy mediática oposición de Pablo Iglesias y de Podemos.

En su análisis de la brecha entre élites y pueblo, y de la consiguiente rebelión, Wolf utilizó los datos que ha hecho públicos la OCDE en su llamado Forum 2015 sobre la distribución de la riqueza en sus países miembros. Estados Unidos ocupa el tercer lugar, por detrás de México y Chile, en la desigualdad de ingresos y España el séptimo por detrás de Turquía, Israel y Grecia. España ocupa el noveno lugar en el ranking de pobreza de los 34 países de la OCDE, tres puntos por encima de la media, y su nivel de penuria entre los miembros europeos de la organización multilateral es de nuevo solamente superada por Grecia. Según la OCDE la divergencia entre ricos y pobres ha aumentado a niveles históricos en la mayoría de sus socios y España sale particularmente mal parada en las tablas que la organización parisina ha colgado en su web.

Lo más inquietante desde el punto de vista de la estabilidad política de España y de la robustez de su economía es que el resentimiento desatado por el desajuste material viene acompañado por el rencor que ha provocado la corrupción. La reunión de Sánchez con Iglesias hoy puede ser tensa. Sumando los votos que consiguió el 20-D a los de sus coaliciones autonómicas y añadiendo los de Izquierda Unida, Podemos supera con holgura los votos que obtuvo el partido histórico de la izquierda española. Son los votos de la ira.

Tres veces 'win'

El punto de partida del líder de Podemos es la de win, win y win. Gana si Sánchez acepta su ofrecimiento de coaligarse con él en torno a un programa de cambio radical. Gana si Sánchez lo rechaza y forma un gobierno moderado y extremadamente débil gracias al apoyo de Ciudadanos y a la abstención del Partido Popular en la sesión de investidura. Un corto periodo de tiempo como líder indiscutido de la oposición le vendría de perlas a Iglesias. Gana si Sánchez fracasa en su intento de llegar a la Moncloa. Si se convocan nuevas elecciones el PSOE será laminado por Podemos como el Pasok lo fue en Grecia por Syriza y esta es la gran ambición del Pablo Iglesias del siglo XXI.

Albert Rivera, que irá descubriendo sus cartas en los próximos días, gana si apoya a quien Felipe VI ha propuesto, a través del presidente del Congreso, como candidato a la Presidencia del Gobierno. Ciudadanos, frente al inmovilismo cuando no obstruccionismo del Partido Popular, se pondrá la medalla de haber desbloqueado el atasco político. Habrá llevado el PSOE al terreno de la prudencia fiscal y, ante el tic tac del secesionismo en Cataluña, habrá fortalecido la defensa de la unidad de España. Y gana también si Sánchez se empeña en cruzar líneas rojas que Ciudadanos no puede asumir. En unas nuevas elecciones, Rivera se convertirá en el político de referencia del centro derecha.

España está de lleno en un periodo de incertidumbre que causa creciente preocupación en la instituciones europeas y en los ya de por si turbulentos mercados financieros. Lo que, a mi parecer, aún no han digerido ni los jerarcas del Partido Popular ni los del Socialista es la quiebra de confianza en el sistema bipartidista existente que mostró el voto del 20-D. La divergencia, tan ligada a la desigualdad, entre las élites y la ciudadanía es un fenómeno que surge en muchas sociedades que al ser abiertas no se rigen por la pautas que rigen en China. Requiere, como toda herida abierta, medidas paliativas con máxima urgencia. Ante la rebelión de las masas en España, el punto de partida compartido no puede ser otro que una profunda regeneración política y la sincera recuperación de los valores de la concordia.

http://www.expansion.com/opinion/2016/02/05/56b4f7e4ca474178118b4645.html

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