EUROPA EN 2016: LA PERIFERIA CONTRAATACA

 

La llamada Gran Recesión ha puesto a prueba la resiliencia de los distintos sistemas europeos, y lo cierto es que pocos han aguantado. En esta gigantesca tormenta de siete años, muchos estados del Viejo Continente han sufrido los embates de los poderes financieros, las asimetrías continentales y las propias disfuncionalidades nacionales. Sin embargo, lo que durante mucho tiempo se creyó un deterioro casi exclusivo del sistema económico se ha revelado un diagnóstico muy alejado de la realidad.

La crisis económica ha acabado derivando en crisis políticas y sociales que no se habían visto en décadas en Europa. Aunque en 2016 no se vaya a hablar tanto de los problemas económicos de los distintos estados europeos, los retos políticos van a pasar a la primera línea, volteando los tradicionales escenarios probables por otros en los que la impredecibilidad y nuevos actores en la escena sean lo habitual.

    

Quién sabe si dentro de poco podamos hablar de la “década perdida” de Europa.

La Unión Europea y Rusia, economías en sentidos opuestos

El 2015 ya fue un año en el que económicamente los países comunitarios empezaron a ver la luz al final del túnel. Bien es cierto que ni mucho menos se trata de una rápida aceleración, aunque sí parece confirmar ya la tendencia de crecimiento de los distintos estados de la Unión, algo que no ocurría en años anteriores, con recaídas y débiles picos de crecimiento. 2016 confirmará que salvo puntuales excepciones, la totalidad de los estados comunitarios vuelve a crecer con cierto vigor, alejando, al menos en el terreno económico, buena parte de los fantasmas que han recorrido el continente durante los últimos años.

No obstante, este crecimiento no se traducirá inmediatamente –como es lógico– en grandes reducciones, por ejemplo, del desempleo. De hecho, la ruptura Norte-Sur seguirá vigente en la Unión, si bien las percepciones sobre la consideración del alto desempleo serán muy distintas. Así, la zona mediterránea, que estructuralmente soporta mayores cifras de paro, observará importantes reducciones en el desempleo, creando la “ilusión” de que se crean cuantitativamente muchos puestos de trabajo, aun cuando las cifras totales de desempleo, comparativamente respecto a otros países, la media comunitaria y los estándares aceptables para un país desarrollado sigan siendo muy altas. En el Norte las conclusiones no son muy diferentes. Acostumbrados a bajas tasas de parados, el aumento a cifras del siete o el diez por ciento pueden ser considerados como auténticas catástrofes laborales en muchos estados comunitarios, generando un profundo malestar social y político. Así, el denominador común en la Unión es que el desempleo, aun con tendencia descendente, en 2016 será alto.

Además, cabe contextualizar que la recuperación europea se está dando lugar en un entorno internacional favorable. Las economías emergentes deceleran e incluso decrecen, permitiendo un respiro a la competitividad europea; los precios de las materias primas caen por el descenso de la demanda en los aspirantes a potencias, y el petróleo, en mínimos históricos, provoca que los costes de producción sean mucho más bajos que hace sólo unos años. Esta suma de factores externos ha provocado, junto con las políticas monetarias expansivas del Banco Central Europeo, las devaluaciones competitivas –salariales especialmente– y los fuertes programas de austeridad, una inflación enormemente baja –que por momentos se ha tornado en deflación–, permitiendo un crecimiento mayor de lo que en un escenario más competitivo hubiese sido posible. Habrá que ver si esas cifras se mantienen si, por ejemplo, el precio del crudo empieza a remontar.

EUROPA EN 2016Aun con estas potenciales dificultades, la economía de la Unión va en sentido creciente. Sin embargo, el vecino oriental, Rusia, lleva una tendencia negativa, que durante 2016 se suavizará. El año 2015 fue especialmente duro económicamente para el gigante ruso, y en buena medida 2016 será la resaca de este. Dado que el país no ha conseguido todavía completar la transición hacia una economía terciarizada, las debilidades de su estatus son importantes, especialmente en cuanto al poder financiero y la dependencia de las commodities en su economía nacional se refiere. Precisamente, son estos dos aspectos los que explican buena parte del retroceso de la economía rusa. El desplome de los precios de los hidrocarburos ha hundido en la misma proporción los ingresos del país, y la guerra económica que han mantenido y mantendrán durante 2016 la Unión Europea y Rusia ha dificultado el acceso ruso a los mercados internacionales, redundando en una mayor debilidad del país en ese terreno. Sirva como ejemplo que 2015 se cerró con el cambio dólar-rublo en mínimos históricos, algo que evidencia el deterioro de la economía rusa en el panorama internacional.

No obstante, dentro del ámbito económico, dos cuestiones podrían protagonizar este 2016: el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership en inglés) y un posible rescate a Italia por la delicada situación de su sistema bancario y sus finanzas públicas.

En el caso del tratado euro-estadounidense las rondas negociadoras se seguirán sucediendo para intentar cerrar uno de los acuerdos comerciales más controvertidos que se recuerdan. La opacidad en las negociaciones y la finalidad geoeconómica del tratado, enormemente favorable a Estados Unidos y alejado de toda conveniencia para la Unión, marcarán el debate ante un rechazo cada vez más enconado por parte de los grupos y partidos de izquierda en numerosos países comunitarios, que ven en este acuerdo una subordinación de las instituciones europeas y los países miembro a los intereses de Estados Unidos y las grandes empresas transnacionales.

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Algunas de las cifras del TTIP. Fuente: Comisión Europea

El otro asunto a vigilar no es nada agradable ni para Bruselas ni para el país transalpino. Italia ha comenzado 2016 con un 132% de endeudamiento sobre el PIB –únicamente Grecia supera esa cifra–, y aunque las previsiones apunten a que esta cifra “sólo” avanzará un punto más, su sistema bancario nunca ha sido recapitalizado ni saneado, haciendo que todavía las entidades italianas tengan cerca de 200.000 millones de euros expuestos en préstamos de dudosa calidad, que prácticamente podríamos calificar de activos tóxicos.

Debido a esta peligrosa situación, pero también a la imposibilidad del gobierno de Renzi de endeudarse más, las fisuras del sistema bancario italiano son considerables. Así, el camino del saneamiento de las entidades italianas pasa irremediablemente por Frankfurt, y 2016 podría ser el año en el que Roma tuviese que llamar a su puerta.

Malos tiempos para el stablishment

Cuando en mayo del año 2011 la madrileña Puerta del Sol se fue llenando durante varios días consecutivos por miles de personas clamando contra el sistema político y financiero español, asomaba sin saberse una de las primeras grietas de lo que pocos años más tarde se habría convertido en una revuelta abierta contra los partidos tradicionales en numerosos países de Europa, especialmente aquellos de la periferia que con más rigor habían sufrido la crisis económica.

Socialdemócratas y democristianos –o similares– habían gobernado Europa en la etapa previa a la crisis y durante los primeros años con total holgura, a veces apoyándose en formaciones liberales, verdes o regionalistas, que hasta entonces eran los partidos minoritarios más habituales en los arcos parlamentarios europeos. Sin embargo, a partir de 2014 y en tendencia creciente, formaciones de diversa índole –organizativa o ideológica– han cobrado fuerza en prácticamente todos los países del continente, y lo que es más, están forzando a abandonar a los partidos tradicionales sus cómodas posiciones centristas bajo la amenaza de fagocitarles electoralmente.

Con este escenario, 2016 será un año en el que el protagonismo de estas formaciones antistablishment sea absoluto. No obstante, se pueden encontrar dos tendencias sociopolíticas diferenciadas, que electoralmente se traducen en el refuerzo de distintos partidos. En la periferia europea, especialmente en los PIGS (Portugal, Irlanda/Italia, Grecia, España), los partidos de izquierda han ganado notable terreno, sobre todo a costa de las formaciones socialistas clásicas. Esto se puede ver claramente en Grecia, donde Syriza dejó al Pasok al borde de la desaparición –la llamada ‘pasokización’–; en España, donde Podemos se ha posicionado como tercera fuerza política a no demasiados votos del Partido Socialista, rompiendo junto con Ciudadanos el tradicional bipartidismo; pero también en Irlanda, donde el Sinn Féin del conocido Gerry Adams parece consolidarse en las encuestas en la segunda posición ante el declive del Partido Laborista, socio de gobierno de los conservadores del Fine Gael. Además, a finales de 2015 una coalición de socialistas y comunistas desplazó del gobierno al conservador Passos Coelho, al que prácticamente se le daba como presidente ante el aparente abismo existente entre las dos formaciones de izquierda.

Ese escoramiento a la izquierda en buena parte del electorado del “arco exterior” comunitario ha dejado profundamente herido a las formaciones socialistas continentales, que se han evidenciado como los grandes perdedores durante estos últimos años a la hora de acudir a las urnas. De hecho, la sangría para las formaciones socialdemócratas va a ser una constante durante 2016. El único partido que consiguió parar la hemorragia fue el Partido Laborista británico, y no hasta después de un descalabro mayúsculo en las legislativas. El surgimiento posterior de Jeremy Corbyn como líder de la formación ha hecho que los laboristas den un paso a la izquierda, un giro que parecía reclamar buena parte del electorado. Sin embargo, durante este año el veterano diputado británico va a tener que lidiar con las discrepancias internas, haciendo de ellas su particular travesía por el desierto.

En el Norte comunitario quienes parecen hacerse fuertes son las formaciones de extrema derecha, un auge que en el caso del este de Europa está arrastrando a muchos gobiernos conservadores a escorarse a la diestra para no ver mermada su cuota de poder. Es igualmente cierto que este tipo de partidos o ideologías tenían por defecto un arraigo mayor y previo a la crisis, pero cuestiones como el aumento del desempleo y la desigualdad, así como las crisis migratorias vividas en los últimos tiempos han sido oportunidades que no han desaprovechado para propagar su mensaje y ganar en visibilidad.

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Situación pre y post crisis de los apoyos a formaciones ‘populistas’ en Europa. Fuente: Verisk Maplecroft

Con este panorama, a lo largo del año habrá que prestar especial atención al ascenso de este tipo de fuerzas que podrían condicionar las hasta ahora inamovibles políticas de la Unión. Así, el Frente Nacional en Francia,cuya victoria en las regionales de diciembre de 2015 evidenció el clima favorable en el que se mueven, así como el patente desgaste de los socialistas galos, hará que otro año más sea un actor a tener en cuenta, especialmente por sus capacidades de proyección. En esta línea habrá que ver cómo se desarrolla la creciente ola islamófoba en Alemania, materializada en las llamadas Pegida y en aumento tras la crisis de refugiados que intentan entrar en Europa a través de los Balcanes.

Pero tampoco nos olvidemos de las tendencias autoritarias –o potencialmente autoritarias– que ya están instaladas en los gobiernos comunitarios. La mala gestión por parte de muchos países en la cuestión de los refugiados sólo ha servido para espolear el antieuropeísmo y la promoción de la “Fortaleza Europa”. Así, las acciones emprendidas por Hungría o Eslovenia blindando sus fronteras, al tiempo que estados como Polonia endurecen su postura respecto a valores democráticos que se creían ya arraigados en el continente van a suponer un serio reto para Bruselas y la cohesión comunitaria en general.

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No obstante, estas tendencias no deberían materializarse institucionalmente durante este año por la ausencia de convocatorias electorales. Exceptuando las regionales y locales en Reino Unido, donde los laboristas podrán probar su nuevo pulso, las legislativas irlandesas o unas más que probables elecciones en España dada la imposibilidad de formar gobierno, 2016 no será un año electoralmente crítico para el continente aunque sí muy revelador como etapa transitoria.

Ahora bien, que no haya elecciones no implica que las urnas no vayan a tener su importancia. Antes de finales de 2017 se debería celebrar un referéndum para decidir la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea si atendemos a las promesas del premier David Cameron. En este asunto del Brexit, en noviembre de 2015 Cameron impuso una serie de condiciones a la Unión para hacer campaña a favor de la permanencia británica, que de cumplirse serían enormemente beneficiosas para el Reino Unido, aun paralizando completamente la integración europea. Y lo cierto es que parece que Bruselas acabará aceptando –aunque sea un acuerdo de mínimos–, primando la membresía británica a cambio de echar el freno a la integración. De consumarse esta aceptación, en 2016 veríamos celebrarse el referéndum –o al menos convocarse– con una probable victoria para la permanencia en la comunidad europea.

El complicado perímetro europeo

Europa no se va a enfrentar a lo largo de 2016 a demasiadas amenazas ni se debería ver afectada por inestabilidades impredecibles, al menos desde lo que se conoce o se puede intuir con un año de preaviso. Sin embargo, las existentes no son tema menor, y su naturaleza, o más bien la naturaleza de los potenciales afectados, requiere de un esfuerzo extra por parte de estos en cuestiones de prevención y respuestas coordinadas, especialmente en el caso de los países de la Unión Europea.

En este sentido, el Estado Islámico será sin duda la mayor amenaza para los estados europeos. El grupo yadespidió el año en París con 130 muertos y mantuvo en vilo a Baviera durante el fin de año, y lo cierto es que el nivel de la amenaza se va a mantener e incluso puede aumentar. El Daesh ya ha anunciado –lleva varios años haciéndolo– sus intenciones de atentar en ciudades europeas, y durante 2016 no va a cejar en su empeño. De hecho, este año tiene un riesgo añadido: en tanto en cuanto los islamistas empiecen a perder terreno y/o algunas capacidades operativas, promoverán los atentados en el continente europeo para ganar en visibilidad propagandística y aumentar los costes –políticos– de los estados occidentales en su intervención en Siria e Irak.

No obstante, no hay que relacionar esto con terroristas venidos de fuera de Europa para atentar. Lo más lógico y plausible –además de operativo– es que sean propios connacionales, previamente radicalizados, quienes atenten en sus países. En los últimos años esta es claramente la tendencia, especialmente en Francia o Reino Unido. Así, además de Rusia, con grandes comunidades musulmanas en la zona del Cáucaso, son los grandes países europeos, véase Alemania, Francia, Reino Unido o España, también con importantes minorías musulmanas, quienes más expuestos están a un atentado de corte islamista. Los intentos se van a producir y muchos serán abortados por las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia europeos. Sólo queda esperar que una célula o acción no consiga sortear las barreras de la seguridad nacional, como ocurrió en París.

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Ataques o atentados yihadistas en países occidentales a lo largo del siglo XXI, tanto llevados a cabo (en rojo) como evitados (en azul). Fuente: The Economist

Igualmente, durante 2016 la crisis de refugiados volverá a la agenda. Sin embargo, se trataría de un error circunscribirlo únicamente a los sirios que huyen de su país, dado que durante 2015 otras muchas nacionalidades nutrieron los cientos de miles de personas que intentaron llegar a Europa. Durante los primeros meses del año habrá cierta tregua facilitada por la meteorología –bajas temperaturas, más tormentas, menos horas de luz, etc.–, pero entre la primavera y el otoño, y especialmente durante el verano, los flujos de migrantes volverán a activarse, suponiendo un serio reto organizativo y político para los países de la Unión. En muy pocos países del continente se ha recibido a los refugiados con facilidades y sin un altísimo coste político. En la mayoría se han erigido barreras, clamado contra la suspensión de Schengen, aumentado la xenofobia y renegociado las cuotas de acogida al mínimo, y eso cuando no directamente la negativa a cumplirlas.

Si los refugiados vuelven a transitar por la Black Route no se encontrarán una situación política muy estable. De hecho, el este de Europa no va a ser una balsa de aceite. Macedonia se encuentra en su particular revolución, y aunque no es un estado estratégico en la zona, puede contribuir a desestabilizar la región. Y es que uno de sus vecinos balcánicos, Bosnia, podría estar cerca de la desintegración. La República Srpska, uno de los dos entes federados que conforman el país, cada vez presiona más en favor de un referéndum quele otorgaría prácticamente la independencia. Si a esto le añadimos el delicado cóctel étnico-nacional que es Bosnia, el apoyo de Rusia a los serbios y el soporte de los europeos a Sarajevo, la desestabilización en el país podría ser importante durante este año.

Otro escenario de creciente tensión lo encontraremos en el Cáucaso, concretamente en el ‘conflicto congelado’ del Alto Karabaj. La zona, estado independiente de facto, amparada por Armenia, reclamada por Azerbaiján y militarizada hasta el extremo está derivando hacia una situación cada vez más encontrada entre ambos países. Los intercambios de disparos esporádicos, aunque totalmente habituales durante años, se recrudecieron en los últimos meses de 2015, y se teme, para nada de manera infundada, que una guerra pueda estallar entre ambos países ahora que Rusia y Turquía están ocupados en Siria.

Con tanta escalada, habrá un lugar en el que la situación empiece a mejorar: Ucrania. En un punto muerto desde hace tiempo, el Donbass sobrevive gracias al enorme apoyo ruso recibido material e internacional –y también por la incapacidad de las propias tropas ucranianas. Sin embargo, lo que debía ser una rápida operación, como ocurrió con Crimea, ha acabado enquistándose, llevando casi a cero la probabilidad de éxito para los intereses rusos. Por tanto, y dadas las necesidades del país en Siria, Rusia abogará por una paulatina relajación del conflicto aunque no por su resolución. Un conflicto latente sí beneficia sus intereses, mientras que una escalada podría perjudicar su apoyo en Oriente Próximo.

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Con todo, no se tratará de un año con sucesos especiales en el continente europeo. En buena medida será una continuación de 2015. Sin embargo, la ausencia de eventos reseñables o que podemos entender como puntos de inflexión no debe hacer que las dinámicas existentes se desdeñen o infravaloren. Identitariamente, y también a nivel político, Europa está en una fase claramente transitoria –e histórica– que puede durar varios años, y cuyo resultado, en buena medida poco predecible, va a arrojar un continente muy distinto en cuanto a estructuras, pautas y actores predominantes. Que los árboles no nos impidan ver el bosque.

http://elordenmundial.com/regiones/europa/europa-en-2016-la-periferia-contraataca/

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