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Autoestima...Las Cuatro Estaciones del Alma

Es probable que mucho se haya dicho sobre la temática autoestima y desde diferentes enfoques, ya que el sólo abordaje de la temática impone varios análisis psicológicos, antropológicos, biológicos, bioéticos, etc. En algunos ha recibido menos atención que en otros y menos prudencia en sus aseveraciones y conclusiones; como si nos refiriésemos a materia de cálculos, o leyes físicas. En pocos casos se dejan abiertas las puertas de los criterios espirituales, que son susceptibles de restitución o restauración, en el mejor de los casos. La psiquiatría moderna y postmoderna es una de las ciencias humanistas que ha concluido sus experiencias o tal vez, su paciencia, con el alma humana. Y tratándose de material humano es improcedente hacer futurismo científico o hipótesis, arriesgar, aventurar; el alma humana es un universo infinito. No obstante la mayoría de las corrientes sociológicas han sustentado los valores de autoestima apenas en fundamentos o pilares o valores humanos, de grupo, de cultura, de clase, etc., soslayando los valores espirituales de los que depende concretamente la autoestima.

 

 

"Las aquí llamadas estaciones del alma que no son otra cosa que los diferentes tiempos de vida en nuestro cuerpo mortal, y que  poseen  a su vez varios costados o planos sensitivos, sentimentales, perceptivos, sensoriales, auditivos, intelectuales, etc., en nuestros diferentes años de existencia, no pueden hacer variar el curso del yo, ni cambian su estructura postural egocéntrica."

 

*(fragmento del ensayo)  

 

 

 

La autoestima es esencial para la supervivencia psicológica. Es el concepto que tenemos de nuestra valía y se basa en todos los pensamientos, sentimientos, sensaciones y experiencias que sobre nosotros mismos hemos ido recogiendo durante nuestra vida; creemos que somos listos o tontos; nos sentimos antipáticos o graciosos; nos gustamos o no. Los millares de impresiones, evaluaciones y experiencias así reunidos se conjuntan en un sentimiento positivo hacia nosotros mismos o, por el contrario, en un incómodo sentimiento de no ser lo que esperábamos.

En principio, cómo nos pensamos a nosotros mismos?

 En un estado de autocomplacencia y virulencia cósmica el carácter almático irá procesando y perfilando una sensibilidad extra y se volverá cada vez más autoexigente, demandante e insatisfecho con el entorno social y con el mismo. Por su mismo estado vulnerable el hombre siempre ha procurado arreglárselas, socorrerse o aniquilarse a sí mismo, con ímpetu y autosuficiencia sostenidos por sus criterios propios, antes de siquiera pensar en pedir ayuda, o alguna segunda opinión; claro, pero sólo que para esto debería primero aceptar que es un ser limitado y que, en general, no ha aprendido a pensar bien (con cordura y sensatez), de si mismo.

 Me gusta Montaigne cuando intenta vindicar al hombre interior de tantas etiquetas o calificaciones o juicios de valores que se le ha dado al ser humano a lo largo de la historia. Y lo hace con humor. Porque si vamos a hacer una autocrítica a conciencia y que sea realista debemos acercar la lupa sobre todo aspecto del ser, lo que no me gusta pero también lo que me gusta de mi. Como lo hace el viejo lobo W. Whitman en “su canto a mi  mismo”, por Ej.

Veamos qué dice y cómo lo dice Montaigne, cuando habla de la valoración de si mismo. Pero no con auto aprobación ni la obsesión que es propia del hombre postmoderno infectado todavía por aquél brebaje encantador que gustara en el edén.

Montaigne creía que la inconsecuencia es una característica biológica que identifica a los seres humanos en Gral. “Todos somos obras de remiendos”, dice, “tan informes y diversos en nuestra composición que cada pieza, en todo momento, juega sus propio juego. Hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos como entre nosotros y los demás. Dice Montaigne que incluso los buenos autores en la materia, se equivocan al hacer un diagnóstico sólido del hombre porque escogen una característica general y luego disponen e interpretan todas las acciones del hombre para que se ajusten a su cuadro.” Lo más grandioso para el hombre es saber cómo ser él mismo. “Nada hay tan hermoso y legítimo como jugar bien y debidamente al hombre, ni hay ciencia alguna y tan ardua como la de saber vivir bien y naturalmente esta vida nuestra. Y de nuestras enfermedades, la más salvaje y bárbara es la de menospreciar nuestro ser” (frase para la dedicatoria del libro, o buscar una en positivo) 

                           El individualismo contemporáneo

                   (o cómo nos pensamos dentro de la posmodernidad)  

 

Desde  el principio de los tiempos  la confrontación de los valores humanos, las reglas, los paradigmas, los estatutos, etc., entre los mortales ha sido un constante debate tribunalicio a la hora de buscar decisiones sabias que nos ayuden a convivir en paz con el otro aunque los resultados de las gestiones pacifistas o antibélicas hayan fracasado en todos sus intentos desde tiempos inmemorables.  La diatriba existencial casi siempre estuvo cimentada entre la autoestima o apreciación de valores que ha forjado la humanidad, en sus propias reglas como especie independiente -sin Jehová como Dios proveedor de valores permanentes -, y el juicio de valores éticos, morales y espirituales aconsejado por el creador  a su ser creado que ha vivido siempre en constante contradicción con los principios espirituales que deberían sostenerlo frente a cualquier decisión de vida.

Para comprender la reincidencia a la introspección del individuo es necesario observar algunas corrientes y estéticas donde se apoyan algunos fundamentalistas “defensores” del individualismo y también algunas variantes teológicas de las grandes organizaciones ideológicas que pretenden justificar los permanentes errores de la especie, (con espíritu de control, ambición de concentrar el poder y objetivos mercantiles) pero  que ya no pueden explicarnos el pasado, el presente y el futuro del hombre, como tampoco puede hacerlo ya el discurso de la razón que pretendía explicar el todo de la historia, y separado por siglos, en un tiempo kronos, no kairos.

Uno de los períodos de esta devastadora innovación  se sitúa entre el 1400  y 1900, aprox., luego que el mapa comercial  se dividiera a través de políticas colonizadoras entre ingleses, españoles, portugueses, holandeses, franceses; aunque todavía continúan estas prácticas.

Como resultantes de todo esto se ha producido un trastrocamiento o traspolación y una interpretación líbera, y surge una sociedad-la masa hedonista-que promociona el deseo, el consumo, el placer y la felicidad, o dicho de otro modo, en presente, mientras que las anteriores motivaban el  sacrificio, o la abnegación. Hasta aquí la auto negación y la interdependencia siempre habían sido virtudes que se construían al formar una familia; interdependencia económica de los padres y auto negación para con los intereses del otro (cónyuge y prole), hoy devenidas en antítesis de la construcción de la moral colectiva desde la constitución familia.

A este remozado panorama social se le ha dado a llamar posmodernidad, si bien algunos filósofos del neonihilismo como el escritor francés Louis Dumond, dicen que el individualismo es  fomentado y alimentado por la democracia de la edad moderna; es una ideología fundada en los principios de libertad e igualdad. Error. Aquí vemos un poco más claro cómo el hombre vuelve siempre a poner sus derechos existenciales antes que los principios cristianos recomendados por Dios, que manifiestan la vida y existencia del carácter de Jesucristo y que nos invitan a pensarnos lejos de las impresiones culturales propias heredadas de los sistemas seculares de equidad para repensar mi rol social para con el otro, el prójimo; el más próximo.

Tampoco podemos justificar ni obviar la enorme desproporción de jerarquía social que existe hoy y que ha creado una brecha con giros catastróficos y puntos sin retorno de desigualdad social-en todos sus espectros-, entre ricos y pobres; y que se ha convertido en el principal eje de atracción y discusión mundial sobre los presupuestos bélicos de las naciones y el desequilibrio demográfico. 

 (continuará)

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