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El país que ya no desea tener sexo

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Por: Hugo Andrés Arévalo González

"El hombre se convierte en una mercancía como cualquier otra", Jean Ziegler

En Japón, uno de los países potencia en economía y tecnología, hay una crisis humana que se fortalece entre otras cosas, por el afán de lograr el éxito y la riqueza (acumulación de capital) y la presión de una cultura conservadora: los ciudadanos ya no desean tener sexo.

 

‘’Para tener placer no tengo que hacer el amor; sólo tengo que eyacular (…) prefiero eyacular porque me evita pensar que tengo que proporcionarle placer a mi pareja’’. Frases de gran peso como ésas, son las que expresan algunos de los ciudadanos del país oriental. Sin embargo, aunque sean algunas personas las que digan esas palabras, el problema tiene más historia de lo que parece.

Las raíces del problema, a mi parecer, provienen contradictoriamente del inicio de la Era Meiji. Dicho período, conocido también como ‘La Restauración’, comenzó en 1868 y, fue necesaria en su momento, para sacar al país de la oscuridad en la que estaba: el país se había alejado del comercio con otros países, estaba prácticamente encerrado en sí mismo. Las tierras se repartían entre señores feudales. La Restauración, permitió finalizar con 265 años de gobierno del Shogunato Tokugawa (llamado también período Edo y que comenzó en 1603). Que no era gobierno sino una dictadura militar, donde los samuráis tenían el control político y militar y, se habían convertido en civiles burócratas, donde el papel del emperador era como el de un líder religioso. El Shogunato dio estabilidad también en su momento a las necesidades sociales, sin embargo, debido a ese aislamiento comercial del Japón con otros países, facilitó la crisis de su economía: se pedía a gritos una reforma agraria; a su vez, hubo sequías que generaron 20 hambrunas desde 1675 hasta 1837. Ante la escasez de comida, subieron los impuestos. La llegada de la Era Meiji, bajo el nuevo emperador Mutsuhito, permitió abrir las puertas comerciales con occidente. Con el lema ‘Fukoku kyōhei’ (enriqueced el país, fortaleced el Ejército) se dio vía libre a una nueva economía que quería posicionar al país como una potencia mundial. Se acercaban las miras de los estadounidenses al nuevo mercado en oriente, y Japón entre la oscuridad de la crisis, y algo reacio a las  nuevas intervenciones extranjeras, vio la luz del capitalismo para nunca salir de ella. A partir de ahí, y con una serie de reformas, su crecimiento industrial y económico fue tan fuerte, que ya en 1895, el país nipón se enfrentaría a la Rusia zarista en Manchuria (región al este de China). Los rusos querían un puerto en el Océano Pacífico y los japoneses estaban mejor que nunca en su expansión imperial. Cuando Rusia vio que ya no pudo, intervino Estados Unidos a dialogar en 1905: ambos países debían entregar Manchuria a China, y no había derecho a indemnización por parte de Japón.

Según cifras del Banco Mundial, al año 2011, la población del país nipón era de 127,8 millones de personas. A dicho dato habría que descontarle los suicidios anuales. Por ejemplo, el registro de suicidios de enero a junio de 2013, es de 14 mil 192, y hay que añadir que la cifra bajó por 104 casos más, que se presentaron entre los mismos meses en el 2012. ¿Qué tienen que ver la historia de transición del Shogunato Tokuwaga a la aparición de la Era Meiji, y el Japón como potencia mundial y los suicidios de su país? Pues que la preocupación por el enriquecimiento, por el desarrollo, por la tecnología y el progreso, han sido las maneras de reaccionar de un país con miedo: debe ser tenebroso tener que volver al oscurantismo económico. El colectivo, el país, la nación y su posición como potencia mundial, importan más que el individuo; todos deben sacrificarse a favor de la comunidad japonesa.

Tal ha sido la preocupación por el desarrollo, la acumulación de dinero y la promoción de las industrias, que Japón tiene una gran industria del porno y artículos eróticos; gran mercancía sexual. Pero los japoneses tienen el record mundial de abstinencia sexual. Al menos la tercera parte del país ya no hace el amor, y los que lo hacen, lo hacen pocas veces.

Es tan grave el problema social que enfrenta el país, que cerca de 1 millón de jóvenes, sobre todo hombres, no desean salir de sus cuartos. A estos jóvenes se les llama ‘Hikikomori’, quienes prefieren aislarse en sus habitaciones porque son señalados o reprendidos por sus padres por no ser como ellos quieren.

En la guerra mediática, aparecen varias manifestaciones del problema: la mujer es presionada a modificar su cuerpo; la mujer más deseada es la que se parece a una muñeca de anime. Los hombres le encuentran más sentido que a la pareja; a masturbarse en clubes eróticos, y gastan mucho dinero en ello. El daño principal se dirige hacia la autoestima de los ciudadanos hombres y mujeres de Japón: se volvieron objetos de consumo de la publicidad y gracias a eso se sienten vacíos e inmersos en un círculo vicioso de consumo donde el goce no es satisfecho.

Otra manifestación del problema, es el Aka-Chan Purei, que viene siendo como ‘Juego de bebés’. Es una de las modalidades que ofrece la diversión sexual japonesa. Los hombres se disfrazan como bebés, y pagan para que las mujeres, los mimen y los cuiden; ellas permanecen  disfrazadas de madres. Los hombres y mujeres no saben cómo hacerle frente al sistema: los hombres buscan el placer acariciando gatos para recuperar el afecto perdido por sus madres y padres trabajadores, ausentes en la infancia. Las mujeres se quieren parecer a las muñecas de anime para ser más perfectas, porque se educan con base en la publicidad y en la mirada masculina: '’nuestras muñecas no son complicadas, ni pesadas, y por supuesto no hay que hacerles regalos...por eso recomiendo que pongan una muñeca en su vida, en vez de una mujer en carne y hueso[1]'', expresa al respecto, Nakamura, empresario japonés que vende muñecas eróticas especializadas.

La importancia que le dan los japoneses a la publicidad y el consumo más que a sus propias necesidades y deseos es tan grande, que una japonesa de 19 años de edad, ha gastado más de 100 mil dólares en operaciones de cirugía plástica para volver su cuerpo como el de una muñeca de las de anime que tanto exhibe la cultura mediática de su país. La joven incluso, fue intervenida en sus piernas para alargárselas; le insertaron metal a manera de hueso para que se viera más alta (ver foto).

Una iniciativa que aliviana un poco la situación cultural de su país, la realiza Kenji, un hombre de madre colombiana y papá japonés. Kenji les dice a sus paisanos de Japón: ‘’Si se están suicidando, antes pasen por Colombia. No tiene nada de malo’’. El trabajo que está realizando, es un intercambio cultural entre japoneses y colombianos, durante el cual un japonés se queda durante un mes en un hogar colombiano, y aprende algunos valores que desconoce su cultura. El proyecto funciona como terapia. La gestión de Kenji son paños de agua tibia; funcionan como distracción mientras su propio país está en la obligación ética de sentarse a darle solución al malestar social.

Japón está logrando todo el efecto contrario a su ideal con la Era Meiji: se quería desarrollar la nación como potencia por el bien de todos los ciudadanos. Paradójicamente a lo largo del tiempo, y pese a tenerlo todo, por ese sacrificio del individuo por la colectividad, el gobierno y sus instituciones estatales dejaron de lado a los ciudadanos, quienes no tienen más que responderle a su país con la lógica del capitalismo salvaje: egocentrismo, narcisismo, auto-satisfacción, placer propio, hedonismo. Como sostiene el sociólogo Daniel Bell: ‘’el hedonismo, la idea del placer como modo de vida se ha convertido en la justificación cultural, si no moral, del capitalismo’’.

Esto es una reflexión sobre lo que vive el Japón, pero es algo que debe hacerse desde cada persona en cada país, porque todos estamos inmersos en la dinámica consumista que nos incita al afán por conseguir éxito, dinero, y posición social. Es necesario preguntarnos hasta qué punto debemos entregar la vida, las relaciones interpersonales y el diálogo, por  el tenerlo todo. Debemos ser muy críticos, con nosotros mismos y con lo que nos rodea: saber hacia dónde se dirigen nuestros deseos y hacia dónde se mueven las necesidades sociales individuales y colectivas.

 

Nota: aparte de las palabras que dirigen hacia nueva información; dejo el link del documental titulado: ‘El imperio de los Sin Sexo’. Un trabajo audiovisual en contraste de la película japonesa ‘El imperio de los sentidos’ de Nagisa Oshima. El documental dio pie para escribir esta columna.



  

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